miércoles, 13 de mayo de 2009

De Matsuyama a Hiroshima

Un nuevo día con excursión incluida. No empezamos muy bien, nos hemos levantado un poco más tarde de lo debido y al final por cinco minutos no hemos cogido el tren, una hora de espera en la estación. Y nos quedan 4 horas de tren hasta Hiroshima.

Cuando llegamos a Hiroshima apenas tenemos tiempo para ir a ver la zona donde cayó la bomba, el museo de la paz y salir corriendo de nuevo al siguiente sitio. Así que salimos más o menos deprisa de la estación en dirección a la zona del museo, son calles como las de cualquier otra ciudad con sus carteles en japonés, sus mendigos, un Zara, lo normal de cualquier ciudad vaya.

Al llegar al dome, el único edificio que ha quedado en pie del lugar en el que estallo la bomba atómica, la visión es algo impresionante. Un jardín, una valla y las ruinas del edificio con su cúpula medio derruida no es que te trasladen al momento en el todo sucedió, pero ayuda.

El parque está lleno de pequeños monumentos a las victimas, a los niños que sobrevivieron y después murieron de cáncer, una llama eterna… y el museo de la paz. Cuando llegamos a la puerta cruzaron por delante de nuestras caras un grupo de ancianos, todos en silla de ruedas, que no estoy seguro que fuesen victimas de aquello, pero te da que pensar. Y entramos al museo.

La primera sala intenta contar las guerras y conflictos en los que estuvo envuelto el país intentando encontrar una explicación plausible para que Japón entrase en la segunda guerra mundial. La segunda parte del museo entra de lleno en la guerra, fotografías del antes y el después de las bombas, las escuelas después del estallido… Y la tercera parte… la tercera parte no puedo explicarla, ya no me quedaba estómago para seguir viendo todo aquello y no pude por más que salir de allí como pude.

La vuelta a la estación la hicimos en autobús, más rápido, apenas nos quedaba tiempo para llegar al santuario de Itsukushima y su Torii acuático. Media hora de tren, en teoría, y después un pequeño paseo en barco para llegar hasta la isla de Miyajima. El tori puesto en mitad del agua para que entrasen por él los peregrinos que llegaban en barco. Entramos casi de los últimos al templo pero entramos.

La única pega es que la marea no está muy alta y la visión del tori en el agua no queda igual, pero el paseo por las pasarelas del templo merece la pena. Sobre todo porque a estas horas ya no hay mucha gente por allí paseando y se puede caminar tranquilo, hacer fotos… andar entre los ciervos, que también hay alguno. Y vuelta al barco, a la estación, a Hiroshima… media hora perdida entre un sitio y otro. La siguiente parada en Okayama, el último transbordo… una hora y media de espera nada más y nada menos hasta que salga el siguiente tren hasta Matsuyama. Nos acabamos de quedar sin fiesta nocturna. Sin comentarios. Al final acabamos tomando una cerveza con Javier y charlando tranquilamente un par de horas.

El día siguiente… nos vamos. Una lástima, sobre todo porque nos podíamos haber quedado un par de días más, pero bueno, haremos lo que teníamos previsto.

martes, 12 de mayo de 2009

Matsuyama 2

El segundo día. El primero después de la fiesta. Más huevos en el desayuno. Demasiado españolismo para mi gusto ya, jeje.

La idea para el día es ir a Uchiko, una aldea típica en la que aún quedan calles tradicionales donde las casas siguen manteniendo su antigua estructura, aunque también es verdad que muchas de ellas se han ido transformando en comercios para los turistas. Pero bueno. El camino para llegar, con alguna que otra parada, es muy agradable, no se ven edificios altos ni grandes ciudades, la carretera transcurre entre montes verdes salpicados de pequeños pueblos.

Y Uchiko, pues es como lo esperábamos, pero un poquito sin vida, apenas se ve gente por la calle, también es verdad que el pueblo no es muy grande y no hay mucho turismo es esta época del año. Por una parte mejor. Paseando por el pueblo llegamos a una tienda de productos típicos de la zona, encurtidos sobre todo, donde la dueña nos invita a un estupendo te verde del que doy buena cuenta. Agradecidos seguimos nuestro paseo viendo tiendas de joyas de cristal, una típica cerería donde el artesano deja que los turistas le vean mientras introduce sus manos en la cera fundida.

Y poco más. Tampoco el pueblo da para mucho más, pero ha sido agradable poder salir de la ciudad.

La siguiente parada en dirección a la costa, una playa. No hay mucha arena, no hay mucha gente, pero si hay algo de ambientillo costero, es cierto que el mercado de pescado también ayuda. Sobre todo oliendo la parrilla de pescado donde ya hay gente esperando su ración. Es curioso ver a nuestro guía, Javier, cantando cancioncillas japonesas mientras nos explica un par de "monumentos" que están junto a la arena y que están dedicados a las canciones para niños.

Hacemos alguna otra parada para ver un puente en un pequeño pueblo donde pasa un río. Bonitas vistas.

La siguiente parada es para comer. Una especie de restaurante italiano frente a la costa donde pudimos comer... arroz al curry picante y pilaf. Que me expliquen que tiene que ver con Italia, pero el caso es que está muy bueno.

Y después de comer subimos a un monte desde el que se ve todo Matsuyama, la costa, las montañas. Sakura caen, el viento sopla fuerte, el monte vive. Esa es la sensación que me llevo. Tras bajar del mirador fuimos a un templo budista escondido entre los montes. Todo tranquilidad. El bonzo despedía a algunos familiares, o donantes, o lo que fuesen mientras nosotros ascendíamos por las escaleras hasta el edificio principal del templo. Está bastante degradado por el tiempo, pero casi le da un carácter más bucólico que hace que sea más sencillo encontrar la tranquilidad que se le presupone a este tipo de sitios.

Y se acabo la ronda de visitas. Hacia Matsuyama de nuevo, pero por el camino a Javier se le ocurre una idea... podríamos ir a un Onsen. Acabamos en un hotel frente al mar, con la puesta de sol en pleno apogeo. El hotel tiene una terraza en el piso superior con tres piscinas, caliente, templada y fría desde las que se ve la puesta. Una delicia. Mientras cae la noche nos vamos quedando solos en el agua recuperándonos de los días pasados... cinco kilos menos en 10 días.

Una cena después acabamos de fiesta de nuevo, está vez más tranquila, de nuevo con las mismas japonesas que el día anterior, un te, una cerveza, una buena charla y la noche acaba.

Matsuyama 1

Llegamos tarde a la ciudad, muchas horas de tren y unos cuantos trasbordos después de salir de Nara. Al menos el viaje ha resultado muy agradable, me pasé casi todo el primer trayecto hablando con una chica muy simpática, así que no me puedo quejar.

Al llegar nos estaban esperando para llevarnos al sitio donde íbamos a dormir. Y así lo hicimos.

El día siguiente por la mañana ya nos estaban esperando para desayunar con una fuente de huevos, bacon, tostadas… muy sanote todo, pero que rico ese día. Al terminar de desayunar fuimos a dar una vuelta por el barrio, un monte cercano repleto de cerezos, todos en flor, un parque para niños, bancos… incluso una especia de replica de un castillo occidental con dos torres desde el que se ve toda la ciudad, el mar, y el auténtico castillo de Matsuyama sobre otro monte cercano. Pasamos toda la mañana paseando tranquilos hasta la hora de comer.

Ya con el desayuno hubiésemos aguantado todo el día, pero con la comida… buff, como para tres. Y por la tarde, ahora si, a conocer un poco más de la ciudad. Tenemos que agradecer que nos acompañasen y nos llevasen de un lado a otro enseñándonos todo lo que merece la pena de la ciudad, incluyendo el Templo de la Piedra-mano, Ishiteji, quizá el más interesante de la ciudad, o al menos eso nos dijeron. Pudimos ver grupos de peregrinos de los 88 templos que pasaban por allí cumpliendo con los rituales budistas, haciéndose fotos, mientras, nosotros hacíamos las nuestras paseando entre los edificios.

Al salir del templo nos dirigimos hacia el castillo. Subimos las rampas del monte a patita, que no es poco. Y con un poco de calor entramos al castillo tras hacer unas cuantas fotos del edificio, los cerezos, la gente... El castillo es curioso, pintado de blanco y negro, al estilo tradicional japonés. Pero lo cierto es que por dentro tampoco es que tenga mucho que ver, un pequeño museo con algunas piezas curiosas, alguna katana, y poco más. Casi lo más interesante es ver la ciudad desde los puestos de vigilancia de las torres del castillo y bajo ellos el parque con los cerezos.

Al salir del castillo bajamos de nuevo la rampa y nos dirigimos a la zona comercial, habíamos quedado allí para ir a cenar. Carne. Tres comidas en un solo día y la última carne. Lo cierto es que estaba todo buenísimo, incluyendo el “sushi” de carne de kobe… ¡quiero más! Y después nos invitaron a una “fiesta” a la que invitaron también a un grupo de japonesas. Música latina (como suena), cerveza… la noche resultó tan agradable como interesante. Pero como todo llega… a dormir.

jueves, 7 de mayo de 2009

Nara

Bye bye Kyoto... dejamos atrás la ciudad imperial, la vieja capital y tras mucho pensar hemos visto que no vamos a tener tiempo para ir hasta Koyasan, así que a Nara, otra de las antiguas capitales de Japón.

Con las mochilas en la espalda al final conseguimos colocarlas en unas taquillas al uso y salimos hacia la zona monumental. La calle está, como no, repleta de tiendas con todo tipo de recuerdos y acaba en la zona de las pagodas. Un pequeño lago, la pagoda de los tres pisos y la pagoda de los cinco pisos esperan tras unos escalones.

Una vez arriba, además de la pagoda hay varios edificios más, todos pertenecientes al mismo recinto en el que hay bastante gente cumpliendo con los rituales debidos, momento que aprovechamos para sacar alguna foto que otra, y como curiosidad, hay un montón de niños alimentando de sus propias manos a un grupo de ciervos. Y no es que sea casualidad, es que se han convertido en un reclamo turístico más. Varios grupos de estos rumiantes campan a sus anchas, eso si descornados todos ellos para evitar accidentes, mientras los turistas compran galletas para poder darles de comer, que eso si, como son así de civilizados a nadie se le ocurre darles otra cosa para comer.

El caso es que queda curioso ver como los ciervos van buscando las manos de la gente en busca de algo que llevarse a la boca.

Y mientras observábamos los ciervos, los templos y las pagodas nos encontramos de nuevo con Laura y Philippe, española y alemán con los que ya habíamos coincidido en Kyoto y con los que íbamos a pasar el resto del día en Nara.

Con las mismas nos dirigimos hacia la zona donde se encuentra el mayor atractivo de Nara, Todai-Ji y el Daibutsu-den. El templo que encierra la estatua sedente de Buda más grande de todo Japón. El camino está rodeado de bosque, con sus ciervos y sus tiendas para turistas. Pero al llegar al templo todo eso desaparece quedando frente al edificio rodeado de jardines. Y ya en el edificio la visión del Buda y las dos estatuas que le circundan resulta impresionante, Kannon incluida.

Aunque está repleto de turistas se respira un ambiente de calma y tranquilidad en el interior del edificio que ayuda a que te olvides de todo ello y solo te centres en Buda o en lo que quiera creer cada uno.

Rodeamos la estatua viendo otras dos de los guardianes de los puntos cardinales (las otras dos se encuentran en la entrada del recinto) y varias cabezas más de estatuas destruidas en alguna de las guerras en las que el templo se vio involucrado en tiempos.

Dejamos atrás al Daibutsu para seguir con la ruta que proponen las guías de viaje, un paseo entre bosque y más templos, la parte más tranquila de la ciudad. Casi todos los turistas dan media vuelta tras la estatua gigante. Así que pudimos aprovechar el tiempo más tranquilos para ver con calma algún que otro recinto más incluido el templo de las mil linternas, la pena es no poder verlo el día en que las encienden todas a la vez, pero aún así merece la pena. Mil de piedra, mil de metal. Kasuga Taisha.

Y ya no tenemos tiempo para más. Aún tenemos que comer y viajar hasta Matsuyama y el camino no es que sea corto precisamente. Así que lo primero es comer, que como no somos pocos resulta divertido pedir para tantos después de preguntarle a la primera mujer que vimos pasar donde podíamos llevarnos algo a la boca. Arroz al curry (que no es japonés pero lo ponen por todas partes), tempura y alguna que otra cosa más para acompañar.

Y de aquí al tren, trasbordos incluidos hasta Matsuyama. Al menos en el viaje, como no teníamos cuatro asientos juntos, acabe sentado junto a una joven japonesa con la que pude ir conversando durante un tiempo. Divertido.

miércoles, 6 de mayo de 2009

Kyoto 5



El último día en Kyoto. Las visitas previstas son el castillo de Kyoto y la Ciudad Imperial. Empezamos por Nijojo, la residencia del shogun Tokugawa, que ya sabemos cómo llegar. No tiene nada que ver con lo que vimos de noche, pero tampoco está mal. Le falta algún árbol en flor pero aún así el foso y el muro impresionan. Tras entrar por la puerta principal nos dirigimos al edificio principal, la zona del palacio donde no nos dejan entrar con los trípodes, pero si dejan hacer fotos.

Lo primero que me llama la atención es el suelo. De madera, si, como casi todos, pero con un curioso sistema de alarma. Está construido de forma que cada paso que se da por los pasillos hace que la madera rechine con un sonido totalmente reconocible, lo que hacía que fuese bastante complicado hacer excursiones nocturnas por el palacio. Además las salas y sus paneles de papel están completamente decoradas por pinturas de artistas reconocidos en la época, todo motivos naturales, cerezos en flor, peonias, pinos, águilas... también es curioso ver las reproducciones que han hecho en alguna de las salas de cómo funcionaba la corte, sobre todo una en la que han colocado figuras que representan al shogun y sus consejeros recibiendo a los daimyo del reino, curioso.

Ya en el jardín, con calorcito, paseamos entre árboles y algún que otro estanque, pero sin flores, ni en el suelo ni apenas en los árboles. Pero uno de los jardines es de los más bonitos que se pueden ver por allí, un puente de piedra, un pequeño salto de agua... para quedarte horas mirando.

El timo del día es un cartelito, si alguien va que no pique, que indica... "ceremonia del té, 700 yens". De ceremonia nada de nada, un té servido en una autentica casa de té, eso si, rodeado de un bonito jardín, tampoco está de más decirlo, pero nada más. Un cuenco de te verde y un dulce de arroz con cereza y ya. Pero bueno, por intentarlo que no quede.

Con las mismas salimos del castillo a buscar el Palacio Imperial. Llegamos a un palacio neoclásico donde se encuentra ahora el gobierno municipal y que en principio nos han dicho que es donde se encuentra la ciudad en cuestión, pero nada de nada. Menos mal que al menos en el patio interior tienen unos cuantos cerezos en flor y podemos descansar bajo ellos un rato.

Y a andar por el barrio, sin rumbo fijo, de calle en calle hasta que llegamos al Jardín Nacional de Kyoto, la Ciudad Imperial. Cogemos hora para entrar en el recinto del palacio y mientras llega nuestro turno nos dirigimos hacia una zona con cerezos ya abiertos a hacer unas cuantas fotos. Está lleno de gente haciendo lo mismo, comiendo, niños jugando en los columpios, bastante bucólico todo. Y alé, como borreguitos al palacio. Una guía en inglés nos cuenta un poco la historia del sitio, el estilo de la construcción, las puertas de entrada, el uso que tuvo en su día el palacio... y después de paseo, todos juntitos, todos sin hacer caso a la guía, todos haciendo fotos... un poco guiri el tema, pero bueno. De nuevo lo mejor es el jardín con su estanque y su puente incluidos.

Al salir nos dirigimos de nuevo hacia la zona de los cerezos que están en flor, con la suerte de encontrarnos a tres geishas, bueno, una maiko, su hermana mayor y suponemos que la dueña de la okiya a la que pertenecen, pero el caso es que mientras todo el mundo estaba mirando como otra mujer les hacía fotos, llegué, pregunté y me concedieron hacerles fotografías... 90, y porque ya me daba corte seguir haciéndoles más. Menudo aguante las pobres. Y las fotos geniales.

Después de eso, con el día hecho, un descanso en el césped del jardín, un poco de chi kung y un paseo de nuevo hasta la estación para volver al barrio a comer. Pero antes un paseito hasta otra pagoda, aunque cuando llegamos, ya entrada la noche, el recinto estaba cerrado, una pena, tiene buena pinta Toji.

Y nuestra última noche en Kyoto ha llegado, un poco de comida, un par de correos a la familia, y a dormir. Mañana Koyasan o Nara, ya se verá.

martes, 5 de mayo de 2009

Kyoto 4



Otro día más en Kyoto, ya nos quedan menos, pero este hemos decidido empezar por el santuario Fushimi Inari-Taisha. Lo primero... un desayuno en la misma estación de tren, frente a Rocket Boy y la Kyoto Tower. Y después al tren, a hacer uso del Japan Rail Pass.

La parada del tren está prácticamente en el mismo Torii de entrada al recinto del santuario así que es fácil encontrarlo esta vez, además si andas torpe y no ves el tori que ya es difícil sólo tienes que seguir la marea de turistas y solucionado.

Este santuario es muy conocido por tener un camino de cuatro kilómetros bajo tori, la gente devota del santuario dona tori y los van colocando uno tras otro en el camino que une los diversos altares y edificios del recinto, así que se convierte en una curiosa visita sobre todo al principio. Pero antes de llegar tuvimos la suerte de poder ver una ceremonia shintoista, rezos y danzas incluidos en el lote, aunque en teoría no se pueden hacer fotografías directamente a los monjes y monjas.

Tras un rato viendo la ceremonia pasamos otro buen rato intentando hacernos fotos en la entrada del camino de tori, claro que eso mismo es lo que hace todo turista que se precie al llegar al sitio en cuestión. Pero bueno, con las mismas empezamos a ascender por el camino entre reflejos rojos viendo algún farol aquí y otro allá, fotos, más turistas, más altares, algún lago con sus patos... lo cierto es que el camino está curioso hacerlo, aunque después de un par de kilómetros estas de escalones y camino... Lo más interesante sin duda es alejarse lo más posible de la entrada y cada vez quedan menos turistas por el camino, así que prácticamente recorrimos los cuatro kilómetros intentando fijarnos en las diferencias entre un altar y otro, que no es fácil. Pero así vimos todo tipo de animales, figuras y estatuas, unas abrigadas, otras no... hasta que volvimos a aparecer de nuevo en la entrada del recinto.

Otra vez al tren, otra vez hacia la estación central de Kyoto y una vez allí... a patita hasta la siguiente parada... Sanjusangendo. El pabellón de las 1001 estatuas de Kannon. El recinto en sí no es gran cosa, un jardín normalito con algún que otro árbol en flor y poco más. Pero el edificio es otra cosa. Por fuera es una mole enorme de madera, con forma rectangular (que se aprovechaba antiguamente para un concurso de tiro con arco en el que ganaba el que consiguiese hacer llegar una flecha de una punta a otra del edificio) y por dentro... una maravilla. 1001 estatuas de la diosa Kannon, todas diferentes, todas distintas. Frente a ellas los 4 guardianes de los puntos cardinales y los 12 generales protectores. Las tallas son impresionantes. Y sobre todo la estatua central, Buda, no podía ser de otra manera. Lo malo es que no dejan hacer fotografías y en fin... la anécdota del día mejor que la cuente otro, pero digamos que el que salió pringando es el que escribe.

Lamentando no haber podido hacer alguna foto decente del interior nos dirigimos hacia Kiyomizu Dera, uno de los templos más característicos de Kyoto por su terraza de madera desde la que se puede ver casi toda la ciudad. Con esas mieles era de suponer que iba a estar hasta arriba de gente y no nos equivocamos, no. El camino de ascenso al templo está repleto de tiendas, gente y entre ellas, muchas mujeres, adolescentes y niñas con kimono, así que a pesar del calor resulta entretenido ir buscando modelos que posen para las fotos. Ya una vez arriba, tras unas cuantas fotos más, entramos al templo. Casi al principio hay colocado una especie de prueba de fuerza. En una especie de caja de madera hay unas sandalias, al estilo de las de buda pero, de metal. Estas se levantan sin problemas. Pero además hay una vara de hierro, que sin mucho esfuerzo se puede levantar. Pero la tercera, je. Una enorme barra de hierro que nadie y digo nadie consigue levantar por si solo. Claro que después de intentarlo nosotros aparece por allí una excursión de algún equipo deportivo que intentan levantar la barra en cuestión entre dos sin conseguirlo y claro... los españolitos al rescate... entre dos si se consigue levantar entre la algarabía de todos los presentes, ale, ya tenemos ego para otro rato más, jeje.

Efectivamente las vistas son bonitas desde la terraza, la ciudad, el jardín con sus árboles en flor incluyendo algún que otro cerezo, y casi al final de la visita, una fuente de agua en la que trae suerte hacer la ceremonia de purificación, con lo que toooodo el mundo quiere pasar por ella. Nosotros no. Seguimos por nuestro camino y nos alejamos poco a poco del templo en dirección a la estación de nuevo, hacia el sitio en el que íbamos a comer. Esta vez, comida rápida, pero nada de hamburguesas... arroz y fideos y más fideos y más arroz.

lunes, 4 de mayo de 2009

Kyoto 3

El día comenzaba como los demás, con ganas de ver nuevas cosas. Decidimos ir ese día a ver el Pabellón de Plata, Ginkakuji. Cuando comenzamos a andar tampoco teníamos muy clara la distancia que tendríamos que recorrer, así que sin prisa. Comentando lo que íbamos viendo, McDonals 24 hours incluido, nos encontramos en la puerta de un templo en cuyo interior habían puesto una especie de mercadillo, por la apariencia como si fuese de segunda mano, aunque no lo tenemos muy claro aún. El caso es que tras ver los makis que una mujer vendía justo en la puerta entramos a echar un vistazo. Mucho cacharrito para llevarte a casa si tuviésemos más dinero para gastar. Al final tras pensar en llevarme algún que otro libro acabo viendo un juego de sake en una bonita caja de madera. Le pregunto como puedo a la vendedora que con el índice se señala la palma de su mano izquierda abierta diciendo "faif, faif". Buf, cinco mil, dije yo. Y debe ser que la señora entendió lo de "mil" porque contestó en seguida..." jandred, jandred". Un tanto perplejo saqué de mi bolsillo una moneda de 500 yenes para mostrársela mientras ella asentía con una sonrisa. Así que por 500 yenes un juego de sake descansa ahora en mi casa. Salimos de allí con mi nueva caja de madera y los makis, que no se nos habían olvidado, y seguimos caminando.

Poco más allá vimos un Tori que habría paso a un camino hacia una montaña. Empezamos a subir con calma, tampoco tenemos mucha prisa. La ciudad se para, no se escucha nada, ningún ruido que te haga pensar que estas en mitad de una ciudad de millón y medio de habitantes. Tras una curva nos encontramos con una niña paseando a un perro a la que le pregunté (que ya es mucho decir) si ese camino llevaba al templo. Tras un par de intentos por hacerse entender ella misma nos acompaña hasta la misma puerta de entrada donde nos abandona mientras habla con otra señora que también estaba paseando a su mascota.

El santuario Yoshida está casi desierto, sólo una pareja rezando en uno de los altares y nosotros, los guiris de turno. Nos adentramos en el recinto por el camino de tori repleto de barras de madera con los nombres de las personas que han hecho alguna donación al templo. Recorremos todo el recinto sin que nadie nos estorbe, solos y en calma y sólo cuando ya nos marchamos aparece una familia japonesa al completo. Bajamos un poco por intuición de la colina y nos adentramos en un barrio sin indicaciones ninguna, al menos comprensibles por nosotros, y tras andar un par de calles nos encontramos con una anciana. Sumimasen... ¿Ginkaku ji?. La amable mujer empieza a hacernos indicaciones pero es bastante complicado al parecer atravesar el barrio en cuestión, así que como no le queda muy claro que hayamos conseguido entenderla nos hace indicaciones para que la sigamos y empieza a caminar. Atravesamos con ella todo el barrio, parques, calles, casas tradicionales, y diez minutos después llegamos a una calle más amplia donde la mujer nos indica que tenemos que seguir todo recto. Pocas gracias le dimos.

Tras recuperar fuerzas con un par de mochi seguimos el camino que nos lleva a un mercadillo con multitud de tiendas de comida y recuerdos turistiles, en las que picamos comprando palillos y un par de cosillas más. Lo curioso es que nos encontramos con la gente de "españoles por el mundo" que estaban esperando a una española a la que habíamos visto pasar con su kimono montada en un rickshaw. Una foto y a seguir.

Al final llegamos a Ginkakuji, aunque es un poco decepcionante. Los jardines son muy bonitos, el zen con la replica del Fujisan en el jardín de piedra está muy bien, pero el edificio lo están restaurando. Está lleno de plástico y no se puede ver nada, pero bueno, es lo que tienen las visitas turísticas, nunca sabes lo que te vas a encontrar.

Al salir del templo empezamos a caminar junto a un canal de agua que está lleno de arboles en sus orillas, cerezos, melocotoneros, ciruelo... y mucha mucha gente caminando bajo ellos, haciéndose fotos, comiendo... Recorremos el canal haciendo fotos, las mujeres con kimono posan bajo los cerezos y te agradecen que se las hagas así que para mí resultó un paseo muy agradable. Al cabo de un rato sentados en un banco dimos cuenta del makisushi que estaba buenísimo.

La siguiente parada prevista... Shinnyo-Do. Otro paseo entre casas bajas, las típicas de casi todos los barrios, calles estrechas y sin comercios apenas. La entrada al templo la tenemos que hacer subiendo "unos cuantos escalones", pero bueno, llegamos arriba un poco cansados, pero llegamos.

Un par de cerezos esperan casi abiertos y mientras algunos recuperan el aliento entro en el templo. La verdad es que sin ser budista la vista impresiona. Todo en silencio, olor a incienso en el ambiente. Así que sin más ánimo que descansar y seguir practicando me arrodillo en el tatami, dejo a mi lado el trípode y la cámara y simplemente dejo que la vista recorra el altar, las figuras todo el templo en si. Tras unos minutos pienso en sacar alguna foto así que recojo la cámara del suelo y saco un par de fotos. En eso se me acerca un bonzo, casi tímido, me mira y con gestos bastante claros me indica que puedo sacar fotografías, que no hay problema con ello, así que así lo hice, claro que no todos corrimos la misma suerte.

Salimos del templo comentando lo ocurrido en el templo, aunque no todos terminan de entenderlo del todo, creo. El caso es que mientras caminamos llegamos a Konkai-Komyoji. El templo es bastante grande y sin duda la pagoda impresiona, igual que el cementerio que tiene escondido en una ladera, pero supongo que será la acumulación la que hace que ya nos queden menos ojos para fijarnos en los detalles. Aún así nos descalzamos para entrar a ver el altar. Y, al menos yo, recorro el recinto cámara en mano para ver como un anciano estira junto a las tumbas del cementerio. Le pregunto si lo que estaba haciendo es taichi, aunque los movimientos no me suenan de nada, y su respuesta fue... no, ryukyu. Perfecto, una cosa más.

Bajamos las escaleras saliendo del templo mientras unos niños juegan con una pelota de voley.

Tras caminar otro rato más llegamos a Heian Jingu Shrine. El santuario Heian. Frente a la puerta principal hay un campo de béisbol donde se disputa un partido. Pero sin duda lo que más llama la atención del templo es el tori gigantesco que se encuentra a unos cientos de metros de la puerta del recinto. Todo pintado de rojo, al estilo chino, igual que el resto del recinto. Al entrar por la puerta lo que me llamó la atención fueron dos fuentes de purificación. Lo normal es que en estas fuentes el chorro de agua salga a través de un dragón, o que un dragón proteja el chorro en cuestión. En estas, "la norma" se cumple en una de las fuentes, la otra está protegida por un tigre. A los que les guste el taoísmo, las dualidades y demás le hubiese resultado curioso igual.

El recinto está repleto de gente, familias enteras, mujeres con kimono tradicional, monjas con sus trajes blancos y naranjas, pero demasiada masificación. Apenas te da tiempo a pasar por el altar sin sientas que estas estorbando a alguien que, a diferencia de nosotros, está allí para rezar. Pero sin duda la anécdota del templo nos ocurrió fuera del mismo. Fuera de la puerta del recinto hay una fuente más donde la gente se purifica antes de entrar, y frente a ella una pila de recipientes para las ofrendas de sake. Mientras hacíamos fotos un personaje nos debía estar observando, lo cierto es que cuatro guiris con dos cámaras llaman un poco la atención y cuando terminamos las fotos que queríamos hacer se nos acercó un chavalín rubio, con su mochila y su cámara para preguntarme si podía hacerle fotos. Le respuesta es obvia y mientras hablamos y nos cuenta que es canadiense y alguna que otra cosilla más me da la cámara, se quita la mochila de la espalda y... se quita el abrigo que llevaba puesto. No, no penseis que no llevaba nada más debajo, pero casi nos chocó más lo que si llevaba. ¡¡Un keikogi!! Osease esos kimonos que llevan los karatekas. Con su cinturón incluido, pues ni corto ni perezoso se separa un poco de la cámara y ¡se pone a hacer posturitas! Por supuesto no hace falta decir que los japoneses se pusieron a aplaudir y reír al verle, no era para menos, pero estuvo gracioso. El caso es que el chaval en cuestión estaba allí para aprender más de ryukyu en Okinawa. Ya quisieran muchos tener ese desparpajo.

Tras la visita decidimos que ya iba siendo ora de comer algo, así que bajamos hacia un restaurante de Okonomiyaki que habíamos visto antes. ¡Cosa más rica! Una plancha, un poco de masa, un montón de col china y algún que otro ingrediente (cerdo, huevos...) Para chuparse los dedos.

Y con las barrigas llenas vamos de nuevo hacia el barrio en el que dormíamos. Esta noche en otro ryokan, más pequeño, pero igual de acogedor que el anterior.

viernes, 24 de abril de 2009

Kyoto 2



Nuestro segundo día en Kyoto empieza suavecito, un desayuno en la estación de tren y a buscar un autobús que nos acerque a otro de los sitios que llevaba en la agenda. Kinkakuji, el Pabellón Dorado. Por suerte un empleado de la estación nos indica en perfecto japonés cual tenemos que coger y a que horas sale.

El viaje le obviamos, como cualquier otro autobús pero con más japoneses y algún que otro guiri.

Llegamos a la zona de Kinkakuji y tras hacerle una foto a una amable mujer con kimono llegamos a la entrada. En pocos metros llegamos al lago. Un espejo en el que se refleja el pabellón, dorado, tranquilo. Lastima del viento que agita la superficie del agua rompiendo el reflejo del templo. Fotos y más fotos rodeados de gente haciendo las mismas fotos que nosotros y nosotros las mismas que ellos. Algo habrá que hacer con ellas en casa para que sean distintas.

Seguimos andando por el camino marcado, alrededor del templo en el que están celebrando una ceremonia, no sabemos de que, tampoco podemos acercarnos más. Seguimos como ovejitas entre los árboles, alguna garza, más jardines. Un grupo de estatuillas con un cuenco marca un sitio de parada para que todos los que por allí pasamos intentemos meter en el susodicho alguna que otra moneda. Los niños se lo pasan en grande cada vez que lo consiguen.

Seguimos subiendo por el camino hasta otro templete haciendo fotos a todos y todas las que me dejan mientras seguimos viendo el pabellón desde todos los ángulos posibles. Y al final... tiendas, recuerdos baratitos para turistas y otro templete donde la gente si se para a rezar. De aquí me quedo con la imagen del pabellón y con la vendedora de té que amablemente me ofrece un vaso mientras deja que la saque alguna que otra foto.

Nos hemos dado cuenta de que una de las zonas no la hemos visto al entrar, así que decidimos volver a la puerta a ver si conseguimos saber porqué. Le preguntamos a un chico con uniforme y entre sonrisas nos contesta que hay que pagar como 5000 yenes por entrar en esa parte. Al sorprendernos del precio le preguntamos que hay que ver. Su respuesta... se encoge de hombros y nos dice... "ni idea", arreglos florales, ikebana, pero nos dice... tsssss, no digáis nada que me metéis en un lío, je.

Salimos de allí en busca del Ryoanji, el jardín zen más conocido de todo Japón y de todo el mundo, todo el mundo ha visto fotos del jardín aunque no sepa lo que es. Al llegar lo que te encuentras es un jardín con un laguito, una pequeña isla con un tori unido al resto del jardín con un puente de piedra... sólo falta que los cerezos estuviesen todos en flor. Nos descalzamos para entrar al templo en el que está el jardín y dejamos los trípodes en la entrada. Pocos pasos más allá está el jardín. Piedras. Círculos. Todas en perfecto orden durante 500 años. Habrá quién no se lo crea, pero sentarte frente a esas piedras, concentrarte en los círculos del jardín, hace que entres en un estado mental curioso en el que parece que el resto del mundo desaparece mientras lo contemplas. Tras recuperar la conciencia del lugar en el que me encontraba me levanté para seguir con la visita al templo. Tras rodearle entero vi un grupo de chicas vestidas con kimono a las que pedí permiso para hacerles fotos, dijeron que si, así que volví a recorrerme el templo entero con ellas mientras las fotografiaba entre risas y alguna que otra charla corta en inglés.

Al salir del templo al jardín seguimos andando entre árboles, tranquilos hasta la salida. Nuestro camino llegaba hasta otro templo, Yomei Bunko. Al subir las escaleras que te llevan a la entrada nos encontramos con el templo principal en el que un monje estaba limpiando los tatami. Será que nos escuchó llegar porqué me pregunto si eramos españoles y resultó que hablaba un poquito de español. Tras una corta conversación me permitió entrar hasta el altar, la zona reservada a los monjes, incluso me dejó fotografiar la parte principal, las ofrendas de comida... una de esas cosas que nunca se olvidan. Junto al templo un conjunto de estatuas de budas y una campana gigante que también hicimos sonar con el beneplácito del monje, por supuesto.

Y otro paseito hasta el Ninnaji, un recinto enorme con varios templos y una especie de residencia envuelta entre dos jardines. Un jardín zen seco con su arena alineada y tras otro pequeño edificio un jardín japonés clásico, con su laguito, sus arboles podados como bonsais, faroles... y un altar. Todo tan en calma que no puedes evitar que la atmósfera se te incruste en cada poro.

Seguimos recorriendo todo el recinto entre edificios de templos, una pagoda, jardines, sakura, y haciendo fotos claro hasta que ya no podíamos distinguir más detalles de lo que veíamos. En ese punto decidimos acabar con las visitas, total, ya no quedaría nada más abierto, así que pensamos en ir andando sin rumbo fijo, eso si, después de comernos unos fideitos y arroz.

Tras comer recorremos calles pequeñas donde no se ve ningún turista, sólo gente del barrio, Tojiin, con tiendas locales, un pequeño mercadillo de libros y cds de segunda mano... hasta llegar a dos calles llenas de recintos de templos por los que se puede caminar sin más, así lo hacemos. La luz ya es bastante anaranjada, así que las fotos han quedado bastante bien. Y con las mismas llegamos hasta la estación de tren, pero como es pronto decidimos andar un poco más, sin rumbo fijo, sólo por andar en dirección opuesta a los pocos turistas que veíamos. Al final del paseo nos encontramos con una tienda de bonsáis increíbles. El dueño nos ve asomarnos y sale, nos abre la puerta y nos invita a entrar. Un paseo sin rumbo se convierte en un buen rato viendo como el jardinero da forma por completo a un pequeño arbolito que apenas era una espiga con cinco o seis ramas y acaba convertido en un precioso bonsái de formas sinuosas y equilibradas, eso si, repleto de alambre.

Contentos con el hayazgo volvemos a la estación y cogemos un tren que nos deja muy cerca del castillo de Kyoto que está iluminado, así que no debe estar mal del todo verlo a esas horas. Por el camino nos encontramos con un pequeño restaurante de teriyaki... allá que vamos, ¡que rico el pollo! Y un paseo alrededor del castillo después de nuevo hacia la estación, ya hacia el ryokan donde dormíamos. Pero claro, al llegar, pues ya se sabe, el ruido de las copas de sake nos atrae una noche más hacia una sakería, cerquita de la cama, por si acaso.

lunes, 6 de abril de 2009

Kyoto

Desde Takayama a Kyoto. Tres horitas de viaje. Nos levantamos en el templo y vamos a la estación cargaditos de mochilas. Taaaaarde. Nos quedan mas de 40 minutos de espera, así que a buscar algo de desayuno. Tras un par de vueltas decidimos preguntarle a alguien en nuestro perfecto japones... así que a la primera que pasa con una mascara puesta (algo muy normal por estos lares) le preguntamos... se quita la mascara y como no ve ningún sitio... pues se pone en cabeza de la expedición, ya nos daba hasta corte de lo que se recorrió en cabeza, pero al final encontramos un pequeño café. Te, tostada y un huevo poche, que bien suena, barato, rápido y al tren.

De nuevo los mismos paisajes pero esta vez sin nieve.

Medio dormidos y con ganas de dormir mas, llegamos a Kyoto. No tenemos sitio reservado, así que subimos a la novena planta de la estación central, a la oficina de atención al turista y menos mal que una agradable señorita, bueno dos, nos consiguen encontrar un ryokan para dormir cinco noches, eso si, dos noches en una habitación, otra noche en otro edificio anejo, y otras dos noches más en el primero. Pero la mujer que lo lleva es un encanto!!

Dejamos las cosas y aunque es bastante tarde decidimos buscar algo que quede abierto, a las cuatro y media de la tarde cierran casi todos los templos, museos y castillos. Cerca de la estación encontramos uno, enorme Higashi Honganji, pero en restauración, debe ser el año. Entramos sin que nos cueste nada por ello y recorremos descalzos los edificios de madera haciendo fotos donde nos dejan, claro. Aunque hay gente, por lo general permanecen callados, así que no hay apenas ruido que moleste mientras caminas... algún españolito que otro rompe un poco la norma, pero bueno, se nos tiene que notar allá donde vamos, supongo.

Al salir del templo ya si que no hay nada abierto, así que mapa en mano, nos intentamos dirigir hacia la zona de Gion, uno de los sitios que estaba en mi agenda desde el primer día del viaje. Decidimos huir de las calles principales por las que andan los turistas y nos internamos en las callejuelas del barrio, la gente nos mira con curiosidad al vernos pasar... y nosotros a ellos, aunque la falta de costumbre les hace apartar la mirada si no les saludas con una pequeña genuflexion (o argo). Al final cruzamos el puente sobre el río... pocos cerezos en flor en las orillas, una pena, y nos paramos a comer algo en un pequeño sitio de madera... mas fideitos ricos. Pedimos señalando las fotos, claro y los fideos están buenisimos, los mios ¡¡con anguila!!

Después de comer escogemos un callejón y a andar por el. Nos sorprende un poco que todas las casas parecen iguales y todas tienen farolitos rojos colgando en la puerta... así que les preguntamos a tres chicas que pasaban por allí y nos dicen que son las famosas casas de te de Gion, donde trabajan las geishas. Así que cámara en ristre, aunque está oscureciendo, ya empezamos a recorrer la calle.

Para mi sorpresa, una puerta se abre y deja entrever la cara pintada de blanco de una maiko, aunque apenas un segundo. Pensando en si suena la flauta, esperamos en la puerta. Sale una mujer con kimono y en un suave ingles me pregunta... quieres hacer fotografías a una maiko... tardo lo justito en responder que si. Entra en la ochaya de nuevo y sale una maiko. Cara blanca, kimono, obi... el que me conoce sabe lo que eso significa para mi. Con todo el respeto que puedo empiezo a hacerle fotos y ella aguanta incluso que me gire para hacerle fotos a una de las pocas partes de una maiko que esta sin pintar de blanco, el cuello. Los adornos, el obi... retratos... y se acabo. Por mi nos podríamos haber vuelto a Madrid en ese momento.

Seguimos recorriendo la calle y conseguimos que algunas maikos más que pasaban corriendo de una ochaya a otra nos dejen hacerles una foto, por lo normal solo una, pero es justo.

Y así recorremos Gion, el barrio de geishas de Kyoto, hasta acabar en un sitio un poquito cutre, fritangas a tutiplen, sake... una cena sanota vaya.

Después a Gion corner y a cruzarnos con una valenciana pija (insoportable) y un catalán que me daban ganas de abofetearle... "esperando a una geisha" me dice con ojos desorbitados... aparece una maiko y antes de poder acercarme a preguntar si le importa que le haga una foto el estúpido de el ya ha desenfundado el flash y le hace sietemil fotos seguidas... ni que decir tiene que la pobre salio huyendo despavorida... después que porqué no se dejan hacer fotos.

Con el mosqueo en el cuerpo llegamos a otro templo, iluminado, gigante, incrustado en un parque. Conseguimos ver gente pidiéndole a buda, paseando entre puestecitos que suponemos serán para una fiesta cercana. Paseando por el parque encontramos un enorme cerezo ya en flor completamente iluminado y repleto de gente haciéndole fotos, y poco mas allá mas cerezos, pequeños, con algún que otro japones de botellón!! al final nos acercamos a hacernos unas fotos con ellos, divertido, todos conocen al real Madrid, claro.

Y con esas volvemos a dormir, caminata de casi una hora viendo calles, alguna pagoda y algún templito pequeño.

Mañana sera otro día, pero antes de dormir... un poquito de sake.

domingo, 5 de abril de 2009

Takayama


Nos hemos levantado en Nagoya y nos esperan mas de 3 horitas de viaje en tren hasta Takayama. En teoría, pequeña aldea típica japonesa con tejados que llegan hasta el suelo hechos de madera y paja. En el viaje intentamos no dormir, unos mas que otros, para poder ir viendo el paisaje. Poco a poco el tren se adentra en las montañas, pero la sorpresa es que se empiezan a ver pueblos peque;os cubiertos de nieve!! Y nosotros sin un simple abrigo, algo harán los forros pero no se yo.

Menos mal que al llegar allí no nieva, pero sopla un viento helado muy divertido. El caso es que nos indican en la estación como llegar al sitio donde vamos a dormir. Un pequeño templo budista, que no tengo muy claro que siga en activo, sólo se ve a un bonzo, Tomi, que por suerte habla ingles, pero el sitio está genial. Todas las habitaciones son de tatami, a dormir sobre futones, y para llegar a la nuestra tenemos que descalzarnos, andar por un pequeño corredor de paneles de papel junto a un jardín con su riachuelo, linternas de piedra, arboles al estilo de los bonsais... de película. La única pega es que solo hay calorcito en las habitaciones, el resto del templo es tan gélido como la calle misma.

Salimos a recorrer la ciudad y ha salido un poco el sol, menos mal. Llegamos a la calle principal llena de tiendas para guiris, curiosas algunas, y entramos en una pequeña tetería-cafetería a calentarnos. Mi primer matcha.

Al salir de allí, llegamos al río, con un puente muy bonito y dos figuras que habrá que buscar su significado y giramos para entrar por un pequeño mercadillo donde me van dando a probar un montón de cosas en vinagre, bollitos y dulces, un poco de todo incluida la gente que es muy amable, eso si, casi acabo con dolor de espalda de inclinarme para responder los saludos de todo el mundo... arigato go dai masss!

Al final del mercadillo nos dirigimos hacia el templo más importante de Takayama que empieza con un tori gigante. El templo es bonito y aunque la ciudad, que de villa típica nada, está llena de turistas, allí no hay casi nadie. Recorriendo el templo encontramos un caminito que sube por la montaña y allá que vamos, el camino termina en otro pequeño templete desde el que se ve todo lo que hemos ido caminando. Y de repente aparece una viejecita desde dentro de una pequeña casita de madera... y nos empieza a hablar, muy dulce ella... pero en japonés... al final conseguimos saber que nos esta preguntando de donde somos, le decimos que españoles y resulta que habla un poquito, o eso dice, que trabajó en el hospital y allí había un sudamericano y le enseño un poquito... tras una extraña conversación sin enterarnos de la mitad de las cosas nos despedimos de ella y bajamos la montaña de nuevo.

Seguimos caminando por las calles y acabamos en otro templo enorme, pero no pudimos entrar, estaban rezando cánticos budistas, al menos pude asomarme por la puerta y escucharles, aunque sólo pude ver un poquito de nada. Y desde allí encontramos un par de calles típicas japonesas, con todas las casas de madera, antiguas casas de te y de samurais... aunque ahora están plagadas de turistas haciéndose fotos y montando en rickshaws. Atravesamos la calle como podemos.

Hacia la antigua villa, que resulta que esta a un buen tramo andando fuera de Takayama. A patita, pero como empieza a llover apenas veinte minutos después... a comer. Fideitos. Muy ricos en un pequeño sitio con apenas 8 sillas, pero que ricos los ramen!!

Al salir ya no llueve y conseguimos llegar a la aldea... que con tanto turista ha terminado siendo un parque temático. Todo vayado, limpito... pero sin mucha gente, menos mal. El caso es que el sitio es muy bonito, las casas son curiosas, se puede entrar en todas y ver como se distribuían las cosas hace años. Pero lo mejor... cuando decidimos que ya es hora de irnos, no hay nadie por allí. Y al dirigirnos a la puerta.... esta cerrada!!!! vamos que nos han dejado encerrados allí!!!! y no es que se esté muy calentito. Como no encontramos por donde salir, buscando hemos visto una caseta de madera que tiene encendido un fuego dentro y tiene maquinas de bebida, así que allá que vamos!!! tras hecharle madera al fuego y tomar algo calentito (yo un helado de te verde) estábamos de risas cuando llego un viejito. Le vimos de lejos, le saludamos, bajo la cabeza y siguió a lo suyo, así que nosotros a lo nuestro que hace frío fuera. Al cabo de un rato, vino, nos explico que estaba cerrado, nosotros que no teníamos reloj, y entre risas nos abrió las puertas para poder salir de allí, una hora mas tarde del cierre.

La noche acabo tranquila, unos takoyakis, un poco de arroz en otro sitio...y a dormir al templo.

Mañana a buscar sitio en Kyoto.

lunes, 30 de marzo de 2009

Japon 3. Kamakura

El día 3 empezó durito, mochilas al hombro y al tren, hacia Kamakura, pensamos que mejor Yokohama si sobraba tiempo. Se supone que según las guias en menos de una mañana está visto, pero empezamos a caminar por las calles sin gente apenas, las tiendas esperando a los guiris, pensando en desayunar algo, pero nada. Así que encontramos una tienda de fruta, que menudos precios, y acabamos con 4 plátanos en menos que canta un gallo. Poco mas allá... una tienda de mochi, el de te verde me encanta así que... y algo mas allá un viejecito con un carrito medio oxidado en el que tostaba boniatos... allá que te va y desayuno completo.

Con las mismas llegamos al hase-kannon. un imprevisto, decidimos entrar y menos mal. el templo es enorme dividido en diferentes alturas con un montón de pequeños jardines, una cueva pequeña con estatuas en el interior, cerezos...

Tras unas escaleras cientos de caras te observan, dioses diminutos de piedra rodean a otros mas grandes y a una estatua de la diosa kannon, impresiona aunque no seas budista.

Más escaleras y los templos principales con vistas a todo el pueblo de Kamakura y la bahía. Entre unas cosas y otras, casi toda la mañana en el templo, Yokohama se queda en la agenda.

Bajamos a lo que íbamos a ver en principio, el daibutsu, una estatua gigante de buda sedente, el segundo mayor de Japón. Está repleto de japoneses y al final acabo por hacerme una foto en grupo con ellos mientras sonríen y me dan las gracias por quererme hacerme la foto así, más bien seria al revés digo yo! pero es que son así para todo, siempre con las gracias, así pasa, que llevo miles de caras en mi cámara.

Cuando íbamos a irnos a la estación, vemos que recomiendan un templo más. Bueno, preguntamos cuanto tardamos en llegar a Nagoya y listo. Si, si. Conseguimos parar a un grupo de chicas que hablan ingles y entre todas nos cuentan que se tarda unas 3 horas, nada mas. Así que corriendo a ver el templo, enorme, para variar, con unas cuantas escaleras por subir, también para variar y que merecía mas tiempo de visita, pero no teníamos más. Al menos hemos podido verlo y subir hasta arriba. Corriendo a por el tren, que dos escalas y tres horas después nos lleva a Nagoya.

Sorpresita... el hostel que teníamos reservado nos dicen que no esta en Nagoya sino en Nagano. eran las diez de la noche y sin sitio para dormir. A rebuscar por el barrio mas cercano a la estación. Tras hacer caso a unos alemanes sin conseguir nada llegamos a un hotel, no muy caro, que le quedan dos habitaciones con camas de matrimonio. sin comentarios.

Y después un paseo para comprobar que estamos en mitad de un montón de salas de strip tease, bailarinas y demás sitios de perversión, barrio curioso. En el paseo se nos cruzan dos japoneses que nos miran como si supiesen que nosotros no conocíamos el barrio y sonriendo nos incitan a entrar en uno de los sitios mientras uno de ellos nos dice con gestos muuuuy claros que allí dentro se puede... tocar el género... por decirlo suave.

jueves, 26 de marzo de 2009

Tokyo 2

Empezamos el segundo día del viaje. Decidimos ir andando por aquello de ir viendo sitios sin saber lo que íbamos a andar claro. La idea era llegar al parque hueno así que atravesamos de nuevo el barrio del hostel y llegamos a Asakusa de nuevo. De nuevo el templo de la noche anterior, pero claro esta vez con luz. Fotitos al canto. Y de paso a probar cosillas para comer que ya toca. Lo primero las fotos al templo, a los japoneses, a unas thailandesas... y después la comida, para abrir boca unos bollitos rellenos de anko (ale a buscar) con formas de pagoda, animalitos... poco después mochi de te verde, unas de las cosas que tenia apuntadas en la agenda. Después otro tipo de mochi en bolitas pequeñas, ya os diré el nombre que le hice una foto al cartel, embadurnadas con unos polvitos, eso nos hizo menos gracia pero estaba bueno también. Seguimos caminando, preguntando a la gente como llegar, explicando que no somos americanos, que somos españoles... y llegamos a hueno comiéndonos unos onigiri por la calle.

En el parque estuvimos casi todo el día. Empezaba a estar lleno de gente haciendo fotos a los cerezos, los pocos que están en flor y haciendo fotos a todo lo que se movía. Y más comida mientras veíamos los templos del parque. Takoyaki (mas para que busquéis). Antes y después del paseo por el parque estuvimos en un mercadillo callejero repleto de puestos de todo tipo lleno de la fauna del lugar. Algunos dignos de cientos de fotos ya vereis.

Tras salir del parque Hueno volvimos al mercadillo a comer algo. Mas gyozas, buenísmas, y teriyaki de pollo aún más rico. Y después como era pronto pues empezamos a andar por el mercado hacia la zona que no haíamos visto aún, y claro, la calle se acabó. Pues seguimos en la misma dirección. Al final terminamos en Akihabara, el barrio de las tiendas electrónicas. Una locura. Todo lleno de altos edificios con miles de carteles luminosos, tiendas de comic, pachincos, y unas jovencitas vestidas como de época victoriana que repartían unos folletos por la calle y que huían de las cámaras de fotos. Son los reclamos de los bares para hombres en los que si subes te atienden como auténticas esclavitas, todo para el amo. Te remueven el café, te sirven de rodillas, siempre pendientes de si le falta algo más al señor... de película (eso si, cualquier feminista se volvería loca al verla, tampoco es de extrañar).

Y cuando se nos terminó por quemar la retina de tanta luz de neón pues a volver al barrio. Andandito, Akihabara, Hueno, Asakusa... esto me empieza a sonar un poco.

domingo, 22 de marzo de 2009

Sake, cerveza y buda.

El primer día ya ha pasado. Acabo de levantarme, darme una ducha y sacudirme el sake y la cerveza de anoche. Este Tokyo no tiene nada que ver con lo visto en películas y fotografías de guiris. No hay edificios altos ni futuristas. No hay miles de turistas buscando que ver ni que comer, ni siquiera miles de tokiotas cruzando como hormigas por ningún sitio. Hay pisos bajos, muchos de madera, pequeños comercios y restaurantes con linternas de papel en la puerta y fotos de los platos que ofrecen, incluso algunos de plástico, por si aun algún yanki se despista y aparece por asakusa.

La llegada fue agotadora por otra parte. El viaje es una autentica paliza y en nuestra primera visión de este país en lo único que estábamos pensando era en poder salir del metro que nos llevaba al barrio de nuestro hostel y respirar un poco fuera de un tubo. Al principio cuesta estar seguro de que llevas buen camino pero nada mas salir de la estación una amable turista ya nos indico que íbamos por buen camino, y poco después otras dos turistas que coincidió que estaban en el mismo hostel que nosotros nos dejaron un planito que llevaban para poder orientarnos.

Lo siguiente soltar las mochilas y salir corriendo que ya eran las dos y media aquí. Andandito hacia Asakusa, el antiguo barrio de la era Edo de Tokyo. No parecía ni Tokyo ni antiguo hasta que llegamos a un parque que poco o nada tiene que ver con los nuestros y poco después a uno de los templos budistas de la zona. Unas escaleras, el Tori, una fuente con cabeza de dragón para limpiarte y purificarte antes de los rezos, la pila del incienso... y japoneses yendo y viniendo cumpliendo con los rituales mientras desenfundábamos nuestras cámaras, ahora si habían llegado los auténticos japoneses, jeje.

El monje del templo no nos dejo hacer fotos, pero a cambio nos ha regalado una peque;a figura de escayola, un gallo con kimono ha terminado en mi mochila.

Después decidimos buscar un sitio para comer y acabamos por preguntarle a una familia que no sabia nada de ingles, y entre risas conseguimos que entendiesen que buscábamos algún sitio de ramen para comer, a Víctor le hubiese gustado el sitio. Una pequeña puerta amarilla, tres japoneses en la barra y otro vestido de negro cocinando entre un par de woks con cara de mosqueo. Cogimos un ticket en la maquina de rigor y nos colocaron una piscina en toda regla con soyu ramen, el mas típico. Caldo de verdura y carne, fideos, pato, brotes de soja, y un par de cosas mas en crudo que no sabemos muy bien lo que era, pero que esta buenísimo!!

Salimos de allí y encontramos el barrio de asakusa con un enorme templo budista lleno de turistas... japoneses, apenas cuatro o cinco occidentales como nosotros. Mejor. terminamos toda la tarde dando vueltas por el barrio que esta llenos de casas de te, de sake, de teriyaki, dulces, todo a tamaño reducido, de madera... lo mas típico. Lo único malo fue la lluvia que apareció y nos fastidio alguna de las fotos... pero ahora volvemos allí a continuar.

Y a la vuelta al hostel decidimos pararnos en un pequeño bar muy cerca, atendido por una especie de hatori hanzo dando sake y cerveza a dos tokiotas puestos hasta arriba. Una de ellas, mujer, se empeñó en que entendíamos japones y nos dio una charla en toda regla, pero el sake estaba bueno, dulzón. Y ya puestos pues terminamos en otro bar del que salían unas voces de karaoke a las que no pudimos resistirnos. Menudo show tenían montado entre una de las camareras y 4 borrachines! Mas de lo mismo, estos si entendieron que no sabemos japonés, pero aun así nos seguían contando todo lo que iban haciendo. Una botella de sake y unas cervezas después casi cantábamos nosotros también agarrados a los parroquianos. Y a las once, cerró, así que a dormir.

Hoy toca parque Ueno, el hanami.

jueves, 5 de marzo de 2009

Cacao y chocolate.

Cómense dichas semillas que son un poco amargas, pero de resto buenas y sanas, y dicen que ayudan contra cualquier veneno. Los indios de Temistitlán, que nosotros llamamos Nueva España, se sirven de él como moneda y lo comen y beben en sus bebidas” - Galeotto Cey. Para los griegos Theobroma “alimento de los dioses”.

Ya los mayas y los aztecas utilizaban el cacao en distintas preparaciones pues vieron que era bueno contra las enfermedades y proporcionaba mucha energía. Pero en este caso lo que más me interesaba era cómo había llegado a Europa. Lo más sencillo es pensar que, puesto que fue Colón quién descubrió América para los europeos, fueron los españoles los causantes de la llegada del cacao a Europa. Y así fue, en su cuarto viaje trajo consigo las semillas del cacao, aunque en principio no tuvo mucha aceptación por su sabor amargo y su aspecto una vez disuelto en agua.

Fue Hernán Cortés quién trajo consigo de nuevo las semillas y consiguió convencer de sus beneficios a los cortesanos españoles. También los monjes españoles en el nuevo continente adoptaron la bebida como medicina revitalizante, y con ese fin acabaron de introducirla en España y el resto de Europa ermita tras ermita, monasterio tras monasterio. Para ser más concretos dicen que fue al Monasterio de Piedra, en Zaragoza, al que le fue enviado el producto por primera vez.

Además el primer lugar en el que se mecanizó la producción de chocolate fue en Barcelona, por lo que me asalta una pregunta. Si fueron los españoles los que lo trajeron a Europa, fueron los primeros en introducirlo en la alta sociedad, los primeros en mecanizar su producción… ¿por qué la fama de los chocolates se la llevan siempre los suizos, belgas, e incluso los ingleses? Supongo que por lo mal que se nos ha dado siempre exportar nuestros gustos a los demás, y lo fácil que se le ha dado a países como Francia, donde el chocolate llegó al casarse una española, la infanta María Cristina, con el rey Luis XIV, y en cuya corte se pasó a tomar más diluido en vez de fuerte y espeso al gusto español de la época. También el hecho de que fueran los suizos quienes consiguieron fabricar chocolate con leche por primera vez al conseguir estabilizar la mezcla gracias a la leche condensada que conseguía obtener un empresario que igual suena de algo, el señor Nestlé.

Pero bueno, cosas que pasan. Y ahora, ¿quién produce el mejor chocolate? ¿Dónde están los mejores artesanos? Unos dicen que el mejor se produce en Venezuela “el Rey”, otros en México, por supuesto el cacao criollo. ¿Pero el chocolate como tal? Pues como todo ira en gustos, pero hay una serie de marcas que destacan por encima del resto según todos los expertos en el tema, Lindt & Sprüngli y Carma en Suiza, Belcolade, Godiva y Callebaut en Bélgica, Valrhona, Barry y Nöel en Francia, Venchi en Italia, Cadbury en Gran Bretaña y el ya citado El Rey en Venezuela, son los que mejores productos consiguen. Pero de todos estos estamos hablando de producciones más o menos industriales. Si hablamos de tabletas, la chocoapedia tiene una lista concreta con las 10 mejores según ellos.

Y como todo es cíclico, resulta que hoy en día uno de los chocolateros más reconocidos mundialmente es un catalán Antoni Escribá, que aunque ya ha fallecido revolucionó la idea del chocolate y legó sus conocimientos a sus hijos. Tanto es así que Cataluña se ha llenado de maestros en el arte del chocolate como Oriol Balaguer formado en el I+D de Adriá, Jordi Butron que ha trabajado con lo mejorcito del mercado (Gagnaire, Adriá, Michel Bras), Ramón Morato creador de cacao Sampaka junto a Albert Adriá y a Jaume Von Aren y fundador de la única escuela de chocolate de España, Chocovit y Enric Robira.

Así que el que quiera emular a los ricachones que siga con los Ferrero y al que le guste la calidad de verdad que pruebe cualquiera de los nombrados más arriba. Para mí, Godiva, a ser posible los de naranja.

viernes, 13 de febrero de 2009

Babette´s Gaestebud

El festín de Babette en castellano. La vi hace un par de días y me gustó. Mucho además.
Es una película sencilla, austera, rodada sin manierismos, sin artificios, sin nada que aparte la mirada de lo que ocurre en la pantalla. De otra forma desaparecerían las sutilezas de sus personajes y la trama que en ella ocurre.

La historia se ambienta en un pequeño pueblo noruego, Berlevaag, allá por 1885. Dos hermanas, hijas de un pastor protestante luterano, abandonan los placeres terrenales para ayudar a su pueblo, con la conciencia de estar de paso en la vida, una vida que deben llevar con austeridad, sin disfrute ninguno. En estas aparece Babette, la protagonista de la historia. Una francesa huida de su país que se ofrece para ayudar a las hermanas con las tareas de su casa y que estas aceptan por caridad. Con el paso del tiempo, Babette se convierte en una parte fundamental en la vida cotidiana del pueblo y sus habitantes, como dice en la película por uno de los feligreses "gracias a dios por habernos mandado a Babette y así las hermanas hayan tenido más tiempo para ayudarnos a todos".

Un golpe de suerte hace que Babette encuentre la manera de devolver todo lo recibido por sus vecinos. Cocinando. ¡Y qué comida!. Lo que les ofrece a sus comensales en una sola noche es un deleite en todos los sentidos, ver los preparativos, como los platos van tomando forma, el servicio, el orden, el disfrute sutil que va apareciendo en la mesa mientras unos puritanos invitados reniegan de disfrutar de las viandas, aunque acceden al banquete por no desilusionar a la cocinera aún pensando que iban a formar parte de un "aquelarre" culinario.

Y aquí pasa la comida a ser la protagonista. A demostrar, con sutiles cambios, como el agriado carácter de los habitantes va cambiando con el vino y todo lo demás, ayundando a limar las diferencias que existían entre ellos, acabando con una sentida, aunque contenida, celebración alrededor de un pozo de agua dando gracias por sus vidas.

Si, ya se que suena muy cursi y todo lo que queráis, pero si a alguien le gusta la cocina ya tiene excusa, si a alguien le gustan las sutilezas en las historias, ya tiene otra. Al que no le guste disfrutar de los pequeños detalles... ahí están los tomates y terminators VIII a su disposición.

El festín:
-Sopa de tortuga acompañada por un vino amontillado.
-Caviar y Blinis Demidoff, regados por un champaña Veuve Clicquot de 1.860.
-Codornices rellenas de trufa negra, reposadas dentro de un volován con salsa de vino Clos de Vougeot cosecha de 1.845.
-Ensalada de endivias, nueces y lechuga con vinagreta francesa, escoltada por el mismo vino.
-Selección de quesos franceses, entre ellos roquefort y camembert.
-Tarta de cerezas, frutas confitadas y licor.
-Fruta fresca: higos, dátiles, uvas y piña.
-Café molido para la ocasión y cómo digestivo un soberbio Marc Vieux Fine Champagne (lo que conocemos como Marc de Champagne).

La receta: Codornices en sarcófago
4 codornices (mejor si son de caza y no de granja)
300 gr. de foie gras
50 gr. de trufa negra
c.s. de sal y de pimienta negra molida

Limpiar el foie y trocearlo. Con un pequeño cuchillo bien afilado, deshuesar las codornices de modo que queden enteras. Salpimentarlas. Rellenarlas con 70 / 80 gr. de foie gras troceado y la trufa cortada en pequeños trozos. Reconstruir el ave.

Masa:
300 gr. de harina de trigo
160 gr. de grasa de pato bien fría
c.s. de sal

Amasar los ingredientes. Dejar reposar el pastón 60 minutos en la nevera. Pasado el reposo, estirar la masa a unos 3 mm de grosor. Reservar en la nevera hasta su utilización.

Sarcófago:
Forrar con la masa que laminamos 4 moldes pequeños. Se pueden usar unas latas rectangulares que sirven para confeccionar los blocs de foie gras. Sus medidas son de 10 x 15 cm, de altura. Existen unos moldes individuales específicos pero son muy difíciles de encontrar. Colocar en cada sarcófago una codorniz. Confeccionar con la masa que ha sobrado unos pequeños rectángulos de 10 x 5cm que colocaremos sobre cada molde. Soldar con el resto de la masa. Hacer una pequeña chimenea en la parte superior del sarcófago con la punta de un cuchillo. Hornear a 180º C durante 20 minutos.

Fondo al vino de Madeira:
15 cl de fondo de pato
50 gr de trufa negra
c.s. vino de Madeira
c.s. sal y pimienta negra molida

Reducir el fondo de pato con la trufa picada. Añadir el vino de Madeira. Salpimentar y reservar.

Servir el sarcófago con el fondo al Madeira bien caliente, y disfrutar.