martes, 2 de junio de 2009

Sushi y Kabuki

Un nuevo día en Tokyo. Ya no tenemos más el Japan Rail Pass, así que a partir de ahora nos toca pagar por cualquier tren o metro que cojamos. Hoy decidimos ir a ver los jardines imperiales, el recinto completo donde se encuentra la actual residencia del emperador de Japón. Al bajarnos en la parada más cercana nos pasa como siempre, nos llaman más los callejones, más oscuros, con trabajadores de tiendas y restaurantes de un lado a otro, que las calles principales llenas de carteles luminosos y gente trajeada. Pasamos por un oscuro callejón bajo las vías del metro donde apenas hay un par de restaurantes, pero a estas horas ya huele que alimenta. Están preparando teriyakis y caldo de pollo para los fideos... que hambre te levanta, jeje. Y llegamos a los jardines. Cientos de árboles con forma de bonsái, la estatua de un famoso samurai y efectivamente, la residencia del emperador. Tampoco es que se vea mucho más. Hay otro jardín más, metido en el antiguo recinto, rodeado de agua y muralla que no está mal del todo, algún cerezo, una excursión de agentes turísticos, todas chicas, con las que acabamos haciéndonos un par de fotos, y poco más. Un poco escaso, pero bueno.

Al terminar de ver los jardines decidimos ir hacia el mercado de pescado, Tsukiji, andandito por Shibuya. En dirección al mercado se encuentra el Kabuki-za, el teatro de Kabuki permanente y preparado por si algún guiri quiere ver alguna obra, te permiten entrar a un sólo acto. Así que aprovechamos, era una de esas cosas que quería hacer desde el principio, así que un acto es un acto. Y no fue algo que no esperase. Menos mal, eso sí, que cogí una audio-guía que te iba contando lo que ocurría, los personajes, porqué actuaban de aquella manera, los significados de las canciones... aún tengo la entrada guardada. Y el edificio en si es curioso. Con varios siglos de antigüedad está enclavado entre edificios de cristal y hormigón. Uno con carteles de los actores con sus vestidos tradicionales, los otros con carteles del McDonalls, Zara y demás cadenas borreguiles, curioso contraste, uno más.

Al final llegamos a la zona de Tsukiji, dimos una vuelta por los alrededores, llegamos a la bahía de Tokyo cuando la luz empezaba a dejar reflejos anaranjados en todos los cristales... y volvimos hacia el mercado de nuevo, aprovechando para probar un "poquito" de sushi... salmón, gambas, bonito, atún, sardina... y pulpo, crudito crudito... lo más complicado de comer, pero la idea me ha gustado, así que habrá que probar en casa a ver qué nos sale. Lo curioso fue el sitio, nada más entrar, anuncian tu llegada y todos los cocineros saludan con un grito (vete a saber que dicen, habrá que buscarlo). Tras la barra los sushiman preparan a toda velocidad las piezas mientras tras ellos en una pecera, algún que otro pez aún vivo espera el golpe de gracia, tal como vimos poco después.

Y ya poca tarde nos queda, decidimos intentar entrar en un parque que está cerca del mercado, pero al llegar, ese día estaba cerrado y no se podía entrar, pero el paseo dio sus frutos. Dos modelos vestidas con kimonos tradicionales, y su fotógrafo correspondiente, me dejaron sacar alguna que otra foto y además la charla con el fotógrafo fue muy agradable, sobre España, Japón, sus gentes y sitios...

Y con las mismas pensamos que no sería mala idea volver al mercado de Asakusa para ir buscando regalos para la vuelta... buena idea para todos menos para nuestros bolsillos... ¡¡menudo palo en Kokeshis!!

miércoles, 27 de mayo de 2009

Daibutsu amida

El último día con Japan rail pass, snif snif. Hemos decidido ir a ver una estatua de buda un tanto grande. A 50 kilómetros de Tokyo, en Ushiku. Cogimos el tren en el barrio y en más o menos una hora llegamos al pueblo en cuestión. En la estación... ni un turista extranjero, ni un cartel, ni una indicación. A preguntar. Me acerqué a un grupo de jóvenes, pensando que podrían entender un poquito de nuestro inglés... pues no sólo no entendían sino que el susto que se llevaron fue estupendo, unos sonreían nerviosos, otras se escondían detrás de los demás directamente... el caso es que mientras intentaba hacerles entender dónde queríamos ir se acercó una señora que nos contestó en un perfecto inglés, nos llevó hasta la parada de autobús para indicarnos cual teníamos que coger, le preguntó al conductor cuanto nos iba a costar, el tiempo que iba a durar el trayecto... una gozada. Pero no fue la única, al subir al autobús se inició una especie de batalla entre varias pasajeras para indicarnos el precio, el tiempo... fue un tanto extraño, curioso, pero divertido.
El caso es que nos clavaron un puñal de medio metro por la entrada del autobús, pero conseguimos llegar a la estatua, menos mal que no se la ve del todo mal, sus más de 100 metros de altura ayudan, todo hay que decirlo.

Al llegar ya llevábamos un buen rato viendo la estatua sobresaliendo sobre los arboles que la circundan, así que pagamos la entrada, otro estacazo, y entramos en el jardín. Sencillo, pero bonito. Flores, árboles, un pequeño estanque y koi, muchos koi hambrientos que daban buena cuenta de las bolitas de comida que los turistas les arrojábamos (vendían sobrecitos junto al estanque, todo bien pensado). Así que estuvimos un rato viendo como los peces saltaban, se retorcían, pasaban unos sobre otros mientras les arrojábamos la comida al agua, y seguimos hacia la estatua.

La susodicha imagen tiene una entrada por su parte posterior que te permite subir hasta casi la cabeza para ver todo el terreno de los alrededores. En el interior tampoco hay mucho que ver, un pequeño museo con fotos y cuadros sobre Buda, su origen, su historia... y sobre la estatua en sí, cómo se construyó, las medidas que tiene, alguna sala con cientos de pequeñas figuras de buda, algún pequeño altar... pero tampoco es que merezca mucho la pena. Lo mejor son las vistas desde el piso superior.

Así que con las mismas bajamos, además tampoco teníamos mucho más tiempo para coger el autobús. Vuelta a la estación y a pensar como aprovechábamos nuestro último día de tren gratuito. Al final decidimos ir a Yokohama, al barrio chino más grande de Asia fuera de China, claro.

Más de hora y media en tren después llegamos a la estación de Yokohama. Encontrar el barrio chino no es complicado, los carteles amarillo fosforito es cierto que ayudan un poco también. Nada más salir del edificio ya se ve la primera puerta china que da acceso al barrio. En teoría hay cuatro, una en cada punto cardinal, pero yo juraría que había más. Y el barrio chino, pues bueno, mucho chino hablando japonés, cosa que me extrañó, precios japoneses, tiendas y restaurantes chinos, eso sí... así que aprovechamos para probar algún que otro din sum, que me encanta y que nos encantó, además salía barato. Y poco más, tampoco dio mucho más de sí. Una vuelta al barrio y de nuevo hacia Tokyo a dar una vuelta por Asakusa y Hueno, el mercado de recuerdos, ropa y comida, las tiendas de electrónica, alguna tienda de comics manga donde comprar algún recuerdo que otro y un agradable paseo hacia el barrio de nuevo.

Al nuevo hotel, curioso. Todas las habitaciones individuales con su futón, algo más de medio metro del futón hasta la pared para dejar las mochilas, una estantería con una tele y debajo una mini-nevera... y ya, bueno, un pequeño balconcito con vistas, jeje.

miércoles, 20 de mayo de 2009

Nikko

Un nuevo día en Tokyo. De nuevo el mismo barrio que los dos primeros días. La ventaja es que tardamos poco en llegar al metro, conocemos el camino, y de ahí a la estación de tren. Hacia Nikko. Hay un dicho japonés que dice "no puedes decir que sabes lo que es la belleza hasta que hayas visto Nikko". Quizá sea un poco excesivo, pero allá vamos... por si acaso.

En el tren vamos prácticamente solos, junto a una familia un tanto peculiar, una abuela, japonesa, una madre, que no es japonesa y su hija que tampoco es japonesa pero habla japonés... inglés, ruso... así que el viaje no es muy aburrido.

Llegamos a la estación de Nikko y entramos en una oficina de turismo a conseguir un mapa y algo de información, sencillo, nos dan todo en inglés. Para llegar a la zona donde se agrupan los templos tenemos que atravesar todo el pueblo, andando por una calle comercial, lógico, por ella andan todos los turistas, llena de tiendas de recuerdos, restaurantes, hoteles con onsen...

Al final de la calle está el puente sobre el río, Shinkyo, en el que se transformaron las dos serpientes sobre las que llego Shodo Shonin (el fundador del primer templo de Nikko), pintado de rojo que da acceso a las escaleras que introduciéndose en la montaña llevan hasta los templos. Subimos las escaleras, no hay mucha gente, no hay mucho ruido... aún. Al final hay una placita con una fuente, en ella un dragón y sobre ella la figura de un monje. Compramos las entradas para los templos, 1000 yens, ¡¡no está mal!! y empezamos la visita.

El recinto de Rinno-ji abarca quince templos y es patrimonio de la humanidad, ¡como para verlos todos! El primero que entramos a ver es uno de los más impresionantes, aunque por fuera no lo parezca, Sanbutsu-Do, guarda tres estatuas de ocho metros cada una de Buda Amida, Senju Kannon y Bato Kannon así como más tesoros que aunque llamen menos la atención son igual de importantes, sutras, estatuas... salimos del edificio y caminamos en busca del segundo que podemos visitar con nuestras entradas. Jardines, linternas, altares...

Aunque ya habíamos visto el principal reclamo de Nikko, aún nos quedaban varios símbolos más de la ciudad. Para ver uno de los más conocidos atravesamos varios caminos por la montaña hasta llegar al Tori Ishidori junto a una pagoda, unas escaleritas y tras ellas, en otro edificio más, los tres monos. Esos que todo el mundo conoce pero nadie sabe de donde salen... uno con las manos tapándose la boca, otro los ojos y otro las orejas, pues esos. Todo el mundo se agolpa a su alrededor haciéndose fotos, así que ¡no íbamos a ser menos!

Unas cuantas fotos después seguimos con la ruta subiendo más escaleras para entrar por la gran puerta Yomeimon de nueve metros de altura completamente decorada con todo tipo de animales, flores, dioses y los guardianes Nio.

Otra de las razones por las que Nikko es conocido es por tener entre sus edificios el mausoleo de Tokugawa Ieyatsu, uno de los shogun más importantes del Japón feudal, que se encuentra en el recinto de Futurasan Jinja. Para llegar a su tumba hay que pagar, atravesar otra puerta más y antes de subir nosecuantosescalones encontramos otro símbolo más. Un gato. Que si, Jingoro, el gato durmiente. Pero el caso es que el mausoleo es más impresionantes por el sitio que por el mismo, tampoco es para tanto, la verdad, pero bueno, para una vez que uno llega hasta allí...

Otro de los edificios que pudimos ver (y del que no recuerdo el nombre) resultó bastante curioso. El techo del mismo está completamente llenos de otro de los símbolos de la ciudad. Dragones. Los encuentras en todos los techos, las mamparas de separación, paredes, en cuadros, en madera... dragones por todas partes. Pero este es un tanto especial. Cuando llegamos un monje estaba explicando, en japonés, el porqué es tan especial ese edificio. Mientras hablaba y gesticulaba, estaba claro que estaba haciendo algún tipo de referencia al dragón gigante del techo mientras se acercaba a dos bastones de madera. Los cogió con las manos. Los separó y los golpeó. Con fuerza. Y sonó, pero no más de lo que uno espera. Después se movió hacia otra parte del edificio y volvió a hacer lo mismo con el mismo resultado. Pero la tercera vez... se colocó bajo el dragón, junto a la zona principal del altar... ¡madre mía! el mismo golpe produjo tal resonancia que el sonido se seguía escuchando como un zumbido muchos segundos después retumbando por toda la sala. ¡El rugido de riu!

Y ya saturados de tanto edificio, tanta decoración, tanto turista llegamos al último de los templos para los que nos servía la entrada. La verdad es que no sabría explicar ni lo que vimos. Lo que si recuerdo es que había varias monjas por allí circulando con sus túnicas blancas y naranjas y poco más, ah sí, un Tori para salir y marcharnos a comer... ¡que ya toca!

Un tazón de fideos después volvíamos por la calle principal de las tiendas hacia la estación pero... en una tienda vendían dragones pintados a mano, además al momento, así que entramos a preguntar precio y nos quedamos prendados. No mucho. Tres horas y media. Quince dragones en total. Paso palabra. El caso es que cuando salimos de la tienda el pueblo estaba desierto. Nadie por las calles, las tiendas vacías, los restaurantes cerrados. ¿Y la estación? Ya dudábamos de si tendríamos tren para volver a Tokyo o no. Pero si, había uno esperándonos en la estación.

Última noche en el Aizuya, lástima.

miércoles, 13 de mayo de 2009

Hacia Tokyo de nuevo

La mañana empieza con sensación de tristeza. Lo hemos pasado muy bien en Matsuyama y lo de marcharnos sabiendo que podíamos quedarnos un par de días más… no lo llevo muy bien. Pero lo justo es justo, así que tras un desayuno, unas fotos con nuestros amables anfitriones, “el comunista” se despide de la ciudad (al menos de momento).

Cogemos el tren, nos quedan unas cuantas horas de viaje, aunque vamos a hacer un parada en Himeji para ver su impresionante castillo. El camino pasa rápido hasta llegar al puente que une las dos islas. Una miriada de islotes despunta sobre el agua entre la niebla.

Al llegar, no encontramos taquillas para las mochilas hasta pasado un buen rato, pero al menos encontramos, que ya pensábamos que tendríamos que andar con ellas. Lo peor la lluvia. No para de caer y se hace bastante incómodo andar así, pero bueno, el paseo al castillo no es muy largo, lo justo para llegar calados, pero nada más.

Delante del castillo están celebrando un festival con tambores tradicionales, pero están cubiertos de plástico por la lluvia, así que desmerece un poco.

Subimos hasta el castillo para recorrerlo entero. Las salas no tienen muchas cosas para ver, claro que con toda la gente que nos agolpamos dentro tampoco caben muchas cosas más. Seguramente, si no estuviese lloviendo podríamos haber disfrutado mucho más, sobre todo de los jardines, pero bueno, es el único día que se nos estropean los planes por culpa del tiempo, así que no nos podemos quejar tampoco.

Como sopas volvemos a coger el tren con dirección a Tokyo. Unas tres horas de recorrido. Llegamos a la estación central y salimos en busca de algún sitio para dormir. Dando vueltas por Nihonbashi encontramos un restaurante español, el León, así que pensando que alguien hablaría nuestro idioma decidimos preguntar… efectivamente alguien habla castellano. Una bonita japonesa que estuvo viviendo en Sevilla un tiempo nos indica donde podemos encontrar sitio, pero no tenemos suerte. Así que volvemos al mismo sitio. Amabilidad es poco, la misma chica se encarga de meterse en Internet, buscar sitios, llamar por teléfono, preguntar, pero nada, lo único que queda son mas de 60€ por cabeza y se nos va un poco de las manos. Llamamos al Aizuya Inn de nuevo por si acaso, pero tampoco tienen habitación para cuatro. Aún así decidimos ir “al barrio” a ver si hay suerte.

Recorremos las calles del barrio en el que dormimos las dos primeras noches y conseguimos encontrar sitio para los últimos días, sólo nos faltan los dos primeros. Al entrar en el Aizuya… me saludan por mi nombre, aunque yo no pude hacer lo mismo, menudo trago. Pero menos mal. Gracias a que Su es como es, al final conseguimos sitio para dormir allí, también es verdad que cuatro en una habitación para dos, pero bueno, unas risas aseguradas y un sitio barato para dormir. Al final todo sale bien, y la charla con Su estuvo entretenida esa noche. Buen día para volver a Tokyo.

De Matsuyama a Hiroshima

Un nuevo día con excursión incluida. No empezamos muy bien, nos hemos levantado un poco más tarde de lo debido y al final por cinco minutos no hemos cogido el tren, una hora de espera en la estación. Y nos quedan 4 horas de tren hasta Hiroshima.

Cuando llegamos a Hiroshima apenas tenemos tiempo para ir a ver la zona donde cayó la bomba, el museo de la paz y salir corriendo de nuevo al siguiente sitio. Así que salimos más o menos deprisa de la estación en dirección a la zona del museo, son calles como las de cualquier otra ciudad con sus carteles en japonés, sus mendigos, un Zara, lo normal de cualquier ciudad vaya.

Al llegar al dome, el único edificio que ha quedado en pie del lugar en el que estallo la bomba atómica, la visión es algo impresionante. Un jardín, una valla y las ruinas del edificio con su cúpula medio derruida no es que te trasladen al momento en el todo sucedió, pero ayuda.

El parque está lleno de pequeños monumentos a las victimas, a los niños que sobrevivieron y después murieron de cáncer, una llama eterna… y el museo de la paz. Cuando llegamos a la puerta cruzaron por delante de nuestras caras un grupo de ancianos, todos en silla de ruedas, que no estoy seguro que fuesen victimas de aquello, pero te da que pensar. Y entramos al museo.

La primera sala intenta contar las guerras y conflictos en los que estuvo envuelto el país intentando encontrar una explicación plausible para que Japón entrase en la segunda guerra mundial. La segunda parte del museo entra de lleno en la guerra, fotografías del antes y el después de las bombas, las escuelas después del estallido… Y la tercera parte… la tercera parte no puedo explicarla, ya no me quedaba estómago para seguir viendo todo aquello y no pude por más que salir de allí como pude.

La vuelta a la estación la hicimos en autobús, más rápido, apenas nos quedaba tiempo para llegar al santuario de Itsukushima y su Torii acuático. Media hora de tren, en teoría, y después un pequeño paseo en barco para llegar hasta la isla de Miyajima. El tori puesto en mitad del agua para que entrasen por él los peregrinos que llegaban en barco. Entramos casi de los últimos al templo pero entramos.

La única pega es que la marea no está muy alta y la visión del tori en el agua no queda igual, pero el paseo por las pasarelas del templo merece la pena. Sobre todo porque a estas horas ya no hay mucha gente por allí paseando y se puede caminar tranquilo, hacer fotos… andar entre los ciervos, que también hay alguno. Y vuelta al barco, a la estación, a Hiroshima… media hora perdida entre un sitio y otro. La siguiente parada en Okayama, el último transbordo… una hora y media de espera nada más y nada menos hasta que salga el siguiente tren hasta Matsuyama. Nos acabamos de quedar sin fiesta nocturna. Sin comentarios. Al final acabamos tomando una cerveza con Javier y charlando tranquilamente un par de horas.

El día siguiente… nos vamos. Una lástima, sobre todo porque nos podíamos haber quedado un par de días más, pero bueno, haremos lo que teníamos previsto.

martes, 12 de mayo de 2009

Matsuyama 2

El segundo día. El primero después de la fiesta. Más huevos en el desayuno. Demasiado españolismo para mi gusto ya, jeje.

La idea para el día es ir a Uchiko, una aldea típica en la que aún quedan calles tradicionales donde las casas siguen manteniendo su antigua estructura, aunque también es verdad que muchas de ellas se han ido transformando en comercios para los turistas. Pero bueno. El camino para llegar, con alguna que otra parada, es muy agradable, no se ven edificios altos ni grandes ciudades, la carretera transcurre entre montes verdes salpicados de pequeños pueblos.

Y Uchiko, pues es como lo esperábamos, pero un poquito sin vida, apenas se ve gente por la calle, también es verdad que el pueblo no es muy grande y no hay mucho turismo es esta época del año. Por una parte mejor. Paseando por el pueblo llegamos a una tienda de productos típicos de la zona, encurtidos sobre todo, donde la dueña nos invita a un estupendo te verde del que doy buena cuenta. Agradecidos seguimos nuestro paseo viendo tiendas de joyas de cristal, una típica cerería donde el artesano deja que los turistas le vean mientras introduce sus manos en la cera fundida.

Y poco más. Tampoco el pueblo da para mucho más, pero ha sido agradable poder salir de la ciudad.

La siguiente parada en dirección a la costa, una playa. No hay mucha arena, no hay mucha gente, pero si hay algo de ambientillo costero, es cierto que el mercado de pescado también ayuda. Sobre todo oliendo la parrilla de pescado donde ya hay gente esperando su ración. Es curioso ver a nuestro guía, Javier, cantando cancioncillas japonesas mientras nos explica un par de "monumentos" que están junto a la arena y que están dedicados a las canciones para niños.

Hacemos alguna otra parada para ver un puente en un pequeño pueblo donde pasa un río. Bonitas vistas.

La siguiente parada es para comer. Una especie de restaurante italiano frente a la costa donde pudimos comer... arroz al curry picante y pilaf. Que me expliquen que tiene que ver con Italia, pero el caso es que está muy bueno.

Y después de comer subimos a un monte desde el que se ve todo Matsuyama, la costa, las montañas. Sakura caen, el viento sopla fuerte, el monte vive. Esa es la sensación que me llevo. Tras bajar del mirador fuimos a un templo budista escondido entre los montes. Todo tranquilidad. El bonzo despedía a algunos familiares, o donantes, o lo que fuesen mientras nosotros ascendíamos por las escaleras hasta el edificio principal del templo. Está bastante degradado por el tiempo, pero casi le da un carácter más bucólico que hace que sea más sencillo encontrar la tranquilidad que se le presupone a este tipo de sitios.

Y se acabo la ronda de visitas. Hacia Matsuyama de nuevo, pero por el camino a Javier se le ocurre una idea... podríamos ir a un Onsen. Acabamos en un hotel frente al mar, con la puesta de sol en pleno apogeo. El hotel tiene una terraza en el piso superior con tres piscinas, caliente, templada y fría desde las que se ve la puesta. Una delicia. Mientras cae la noche nos vamos quedando solos en el agua recuperándonos de los días pasados... cinco kilos menos en 10 días.

Una cena después acabamos de fiesta de nuevo, está vez más tranquila, de nuevo con las mismas japonesas que el día anterior, un te, una cerveza, una buena charla y la noche acaba.

Matsuyama 1

Llegamos tarde a la ciudad, muchas horas de tren y unos cuantos trasbordos después de salir de Nara. Al menos el viaje ha resultado muy agradable, me pasé casi todo el primer trayecto hablando con una chica muy simpática, así que no me puedo quejar.

Al llegar nos estaban esperando para llevarnos al sitio donde íbamos a dormir. Y así lo hicimos.

El día siguiente por la mañana ya nos estaban esperando para desayunar con una fuente de huevos, bacon, tostadas… muy sanote todo, pero que rico ese día. Al terminar de desayunar fuimos a dar una vuelta por el barrio, un monte cercano repleto de cerezos, todos en flor, un parque para niños, bancos… incluso una especia de replica de un castillo occidental con dos torres desde el que se ve toda la ciudad, el mar, y el auténtico castillo de Matsuyama sobre otro monte cercano. Pasamos toda la mañana paseando tranquilos hasta la hora de comer.

Ya con el desayuno hubiésemos aguantado todo el día, pero con la comida… buff, como para tres. Y por la tarde, ahora si, a conocer un poco más de la ciudad. Tenemos que agradecer que nos acompañasen y nos llevasen de un lado a otro enseñándonos todo lo que merece la pena de la ciudad, incluyendo el Templo de la Piedra-mano, Ishiteji, quizá el más interesante de la ciudad, o al menos eso nos dijeron. Pudimos ver grupos de peregrinos de los 88 templos que pasaban por allí cumpliendo con los rituales budistas, haciéndose fotos, mientras, nosotros hacíamos las nuestras paseando entre los edificios.

Al salir del templo nos dirigimos hacia el castillo. Subimos las rampas del monte a patita, que no es poco. Y con un poco de calor entramos al castillo tras hacer unas cuantas fotos del edificio, los cerezos, la gente... El castillo es curioso, pintado de blanco y negro, al estilo tradicional japonés. Pero lo cierto es que por dentro tampoco es que tenga mucho que ver, un pequeño museo con algunas piezas curiosas, alguna katana, y poco más. Casi lo más interesante es ver la ciudad desde los puestos de vigilancia de las torres del castillo y bajo ellos el parque con los cerezos.

Al salir del castillo bajamos de nuevo la rampa y nos dirigimos a la zona comercial, habíamos quedado allí para ir a cenar. Carne. Tres comidas en un solo día y la última carne. Lo cierto es que estaba todo buenísimo, incluyendo el “sushi” de carne de kobe… ¡quiero más! Y después nos invitaron a una “fiesta” a la que invitaron también a un grupo de japonesas. Música latina (como suena), cerveza… la noche resultó tan agradable como interesante. Pero como todo llega… a dormir.

jueves, 7 de mayo de 2009

Nara

Bye bye Kyoto... dejamos atrás la ciudad imperial, la vieja capital y tras mucho pensar hemos visto que no vamos a tener tiempo para ir hasta Koyasan, así que a Nara, otra de las antiguas capitales de Japón.

Con las mochilas en la espalda al final conseguimos colocarlas en unas taquillas al uso y salimos hacia la zona monumental. La calle está, como no, repleta de tiendas con todo tipo de recuerdos y acaba en la zona de las pagodas. Un pequeño lago, la pagoda de los tres pisos y la pagoda de los cinco pisos esperan tras unos escalones.

Una vez arriba, además de la pagoda hay varios edificios más, todos pertenecientes al mismo recinto en el que hay bastante gente cumpliendo con los rituales debidos, momento que aprovechamos para sacar alguna foto que otra, y como curiosidad, hay un montón de niños alimentando de sus propias manos a un grupo de ciervos. Y no es que sea casualidad, es que se han convertido en un reclamo turístico más. Varios grupos de estos rumiantes campan a sus anchas, eso si descornados todos ellos para evitar accidentes, mientras los turistas compran galletas para poder darles de comer, que eso si, como son así de civilizados a nadie se le ocurre darles otra cosa para comer.

El caso es que queda curioso ver como los ciervos van buscando las manos de la gente en busca de algo que llevarse a la boca.

Y mientras observábamos los ciervos, los templos y las pagodas nos encontramos de nuevo con Laura y Philippe, española y alemán con los que ya habíamos coincidido en Kyoto y con los que íbamos a pasar el resto del día en Nara.

Con las mismas nos dirigimos hacia la zona donde se encuentra el mayor atractivo de Nara, Todai-Ji y el Daibutsu-den. El templo que encierra la estatua sedente de Buda más grande de todo Japón. El camino está rodeado de bosque, con sus ciervos y sus tiendas para turistas. Pero al llegar al templo todo eso desaparece quedando frente al edificio rodeado de jardines. Y ya en el edificio la visión del Buda y las dos estatuas que le circundan resulta impresionante, Kannon incluida.

Aunque está repleto de turistas se respira un ambiente de calma y tranquilidad en el interior del edificio que ayuda a que te olvides de todo ello y solo te centres en Buda o en lo que quiera creer cada uno.

Rodeamos la estatua viendo otras dos de los guardianes de los puntos cardinales (las otras dos se encuentran en la entrada del recinto) y varias cabezas más de estatuas destruidas en alguna de las guerras en las que el templo se vio involucrado en tiempos.

Dejamos atrás al Daibutsu para seguir con la ruta que proponen las guías de viaje, un paseo entre bosque y más templos, la parte más tranquila de la ciudad. Casi todos los turistas dan media vuelta tras la estatua gigante. Así que pudimos aprovechar el tiempo más tranquilos para ver con calma algún que otro recinto más incluido el templo de las mil linternas, la pena es no poder verlo el día en que las encienden todas a la vez, pero aún así merece la pena. Mil de piedra, mil de metal. Kasuga Taisha.

Y ya no tenemos tiempo para más. Aún tenemos que comer y viajar hasta Matsuyama y el camino no es que sea corto precisamente. Así que lo primero es comer, que como no somos pocos resulta divertido pedir para tantos después de preguntarle a la primera mujer que vimos pasar donde podíamos llevarnos algo a la boca. Arroz al curry (que no es japonés pero lo ponen por todas partes), tempura y alguna que otra cosa más para acompañar.

Y de aquí al tren, trasbordos incluidos hasta Matsuyama. Al menos en el viaje, como no teníamos cuatro asientos juntos, acabe sentado junto a una joven japonesa con la que pude ir conversando durante un tiempo. Divertido.

miércoles, 6 de mayo de 2009

Kyoto 5



El último día en Kyoto. Las visitas previstas son el castillo de Kyoto y la Ciudad Imperial. Empezamos por Nijojo, la residencia del shogun Tokugawa, que ya sabemos cómo llegar. No tiene nada que ver con lo que vimos de noche, pero tampoco está mal. Le falta algún árbol en flor pero aún así el foso y el muro impresionan. Tras entrar por la puerta principal nos dirigimos al edificio principal, la zona del palacio donde no nos dejan entrar con los trípodes, pero si dejan hacer fotos.

Lo primero que me llama la atención es el suelo. De madera, si, como casi todos, pero con un curioso sistema de alarma. Está construido de forma que cada paso que se da por los pasillos hace que la madera rechine con un sonido totalmente reconocible, lo que hacía que fuese bastante complicado hacer excursiones nocturnas por el palacio. Además las salas y sus paneles de papel están completamente decoradas por pinturas de artistas reconocidos en la época, todo motivos naturales, cerezos en flor, peonias, pinos, águilas... también es curioso ver las reproducciones que han hecho en alguna de las salas de cómo funcionaba la corte, sobre todo una en la que han colocado figuras que representan al shogun y sus consejeros recibiendo a los daimyo del reino, curioso.

Ya en el jardín, con calorcito, paseamos entre árboles y algún que otro estanque, pero sin flores, ni en el suelo ni apenas en los árboles. Pero uno de los jardines es de los más bonitos que se pueden ver por allí, un puente de piedra, un pequeño salto de agua... para quedarte horas mirando.

El timo del día es un cartelito, si alguien va que no pique, que indica... "ceremonia del té, 700 yens". De ceremonia nada de nada, un té servido en una autentica casa de té, eso si, rodeado de un bonito jardín, tampoco está de más decirlo, pero nada más. Un cuenco de te verde y un dulce de arroz con cereza y ya. Pero bueno, por intentarlo que no quede.

Con las mismas salimos del castillo a buscar el Palacio Imperial. Llegamos a un palacio neoclásico donde se encuentra ahora el gobierno municipal y que en principio nos han dicho que es donde se encuentra la ciudad en cuestión, pero nada de nada. Menos mal que al menos en el patio interior tienen unos cuantos cerezos en flor y podemos descansar bajo ellos un rato.

Y a andar por el barrio, sin rumbo fijo, de calle en calle hasta que llegamos al Jardín Nacional de Kyoto, la Ciudad Imperial. Cogemos hora para entrar en el recinto del palacio y mientras llega nuestro turno nos dirigimos hacia una zona con cerezos ya abiertos a hacer unas cuantas fotos. Está lleno de gente haciendo lo mismo, comiendo, niños jugando en los columpios, bastante bucólico todo. Y alé, como borreguitos al palacio. Una guía en inglés nos cuenta un poco la historia del sitio, el estilo de la construcción, las puertas de entrada, el uso que tuvo en su día el palacio... y después de paseo, todos juntitos, todos sin hacer caso a la guía, todos haciendo fotos... un poco guiri el tema, pero bueno. De nuevo lo mejor es el jardín con su estanque y su puente incluidos.

Al salir nos dirigimos de nuevo hacia la zona de los cerezos que están en flor, con la suerte de encontrarnos a tres geishas, bueno, una maiko, su hermana mayor y suponemos que la dueña de la okiya a la que pertenecen, pero el caso es que mientras todo el mundo estaba mirando como otra mujer les hacía fotos, llegué, pregunté y me concedieron hacerles fotografías... 90, y porque ya me daba corte seguir haciéndoles más. Menudo aguante las pobres. Y las fotos geniales.

Después de eso, con el día hecho, un descanso en el césped del jardín, un poco de chi kung y un paseo de nuevo hasta la estación para volver al barrio a comer. Pero antes un paseito hasta otra pagoda, aunque cuando llegamos, ya entrada la noche, el recinto estaba cerrado, una pena, tiene buena pinta Toji.

Y nuestra última noche en Kyoto ha llegado, un poco de comida, un par de correos a la familia, y a dormir. Mañana Koyasan o Nara, ya se verá.

martes, 5 de mayo de 2009

Kyoto 4



Otro día más en Kyoto, ya nos quedan menos, pero este hemos decidido empezar por el santuario Fushimi Inari-Taisha. Lo primero... un desayuno en la misma estación de tren, frente a Rocket Boy y la Kyoto Tower. Y después al tren, a hacer uso del Japan Rail Pass.

La parada del tren está prácticamente en el mismo Torii de entrada al recinto del santuario así que es fácil encontrarlo esta vez, además si andas torpe y no ves el tori que ya es difícil sólo tienes que seguir la marea de turistas y solucionado.

Este santuario es muy conocido por tener un camino de cuatro kilómetros bajo tori, la gente devota del santuario dona tori y los van colocando uno tras otro en el camino que une los diversos altares y edificios del recinto, así que se convierte en una curiosa visita sobre todo al principio. Pero antes de llegar tuvimos la suerte de poder ver una ceremonia shintoista, rezos y danzas incluidos en el lote, aunque en teoría no se pueden hacer fotografías directamente a los monjes y monjas.

Tras un rato viendo la ceremonia pasamos otro buen rato intentando hacernos fotos en la entrada del camino de tori, claro que eso mismo es lo que hace todo turista que se precie al llegar al sitio en cuestión. Pero bueno, con las mismas empezamos a ascender por el camino entre reflejos rojos viendo algún farol aquí y otro allá, fotos, más turistas, más altares, algún lago con sus patos... lo cierto es que el camino está curioso hacerlo, aunque después de un par de kilómetros estas de escalones y camino... Lo más interesante sin duda es alejarse lo más posible de la entrada y cada vez quedan menos turistas por el camino, así que prácticamente recorrimos los cuatro kilómetros intentando fijarnos en las diferencias entre un altar y otro, que no es fácil. Pero así vimos todo tipo de animales, figuras y estatuas, unas abrigadas, otras no... hasta que volvimos a aparecer de nuevo en la entrada del recinto.

Otra vez al tren, otra vez hacia la estación central de Kyoto y una vez allí... a patita hasta la siguiente parada... Sanjusangendo. El pabellón de las 1001 estatuas de Kannon. El recinto en sí no es gran cosa, un jardín normalito con algún que otro árbol en flor y poco más. Pero el edificio es otra cosa. Por fuera es una mole enorme de madera, con forma rectangular (que se aprovechaba antiguamente para un concurso de tiro con arco en el que ganaba el que consiguiese hacer llegar una flecha de una punta a otra del edificio) y por dentro... una maravilla. 1001 estatuas de la diosa Kannon, todas diferentes, todas distintas. Frente a ellas los 4 guardianes de los puntos cardinales y los 12 generales protectores. Las tallas son impresionantes. Y sobre todo la estatua central, Buda, no podía ser de otra manera. Lo malo es que no dejan hacer fotografías y en fin... la anécdota del día mejor que la cuente otro, pero digamos que el que salió pringando es el que escribe.

Lamentando no haber podido hacer alguna foto decente del interior nos dirigimos hacia Kiyomizu Dera, uno de los templos más característicos de Kyoto por su terraza de madera desde la que se puede ver casi toda la ciudad. Con esas mieles era de suponer que iba a estar hasta arriba de gente y no nos equivocamos, no. El camino de ascenso al templo está repleto de tiendas, gente y entre ellas, muchas mujeres, adolescentes y niñas con kimono, así que a pesar del calor resulta entretenido ir buscando modelos que posen para las fotos. Ya una vez arriba, tras unas cuantas fotos más, entramos al templo. Casi al principio hay colocado una especie de prueba de fuerza. En una especie de caja de madera hay unas sandalias, al estilo de las de buda pero, de metal. Estas se levantan sin problemas. Pero además hay una vara de hierro, que sin mucho esfuerzo se puede levantar. Pero la tercera, je. Una enorme barra de hierro que nadie y digo nadie consigue levantar por si solo. Claro que después de intentarlo nosotros aparece por allí una excursión de algún equipo deportivo que intentan levantar la barra en cuestión entre dos sin conseguirlo y claro... los españolitos al rescate... entre dos si se consigue levantar entre la algarabía de todos los presentes, ale, ya tenemos ego para otro rato más, jeje.

Efectivamente las vistas son bonitas desde la terraza, la ciudad, el jardín con sus árboles en flor incluyendo algún que otro cerezo, y casi al final de la visita, una fuente de agua en la que trae suerte hacer la ceremonia de purificación, con lo que toooodo el mundo quiere pasar por ella. Nosotros no. Seguimos por nuestro camino y nos alejamos poco a poco del templo en dirección a la estación de nuevo, hacia el sitio en el que íbamos a comer. Esta vez, comida rápida, pero nada de hamburguesas... arroz y fideos y más fideos y más arroz.

lunes, 4 de mayo de 2009

Kyoto 3

El día comenzaba como los demás, con ganas de ver nuevas cosas. Decidimos ir ese día a ver el Pabellón de Plata, Ginkakuji. Cuando comenzamos a andar tampoco teníamos muy clara la distancia que tendríamos que recorrer, así que sin prisa. Comentando lo que íbamos viendo, McDonals 24 hours incluido, nos encontramos en la puerta de un templo en cuyo interior habían puesto una especie de mercadillo, por la apariencia como si fuese de segunda mano, aunque no lo tenemos muy claro aún. El caso es que tras ver los makis que una mujer vendía justo en la puerta entramos a echar un vistazo. Mucho cacharrito para llevarte a casa si tuviésemos más dinero para gastar. Al final tras pensar en llevarme algún que otro libro acabo viendo un juego de sake en una bonita caja de madera. Le pregunto como puedo a la vendedora que con el índice se señala la palma de su mano izquierda abierta diciendo "faif, faif". Buf, cinco mil, dije yo. Y debe ser que la señora entendió lo de "mil" porque contestó en seguida..." jandred, jandred". Un tanto perplejo saqué de mi bolsillo una moneda de 500 yenes para mostrársela mientras ella asentía con una sonrisa. Así que por 500 yenes un juego de sake descansa ahora en mi casa. Salimos de allí con mi nueva caja de madera y los makis, que no se nos habían olvidado, y seguimos caminando.

Poco más allá vimos un Tori que habría paso a un camino hacia una montaña. Empezamos a subir con calma, tampoco tenemos mucha prisa. La ciudad se para, no se escucha nada, ningún ruido que te haga pensar que estas en mitad de una ciudad de millón y medio de habitantes. Tras una curva nos encontramos con una niña paseando a un perro a la que le pregunté (que ya es mucho decir) si ese camino llevaba al templo. Tras un par de intentos por hacerse entender ella misma nos acompaña hasta la misma puerta de entrada donde nos abandona mientras habla con otra señora que también estaba paseando a su mascota.

El santuario Yoshida está casi desierto, sólo una pareja rezando en uno de los altares y nosotros, los guiris de turno. Nos adentramos en el recinto por el camino de tori repleto de barras de madera con los nombres de las personas que han hecho alguna donación al templo. Recorremos todo el recinto sin que nadie nos estorbe, solos y en calma y sólo cuando ya nos marchamos aparece una familia japonesa al completo. Bajamos un poco por intuición de la colina y nos adentramos en un barrio sin indicaciones ninguna, al menos comprensibles por nosotros, y tras andar un par de calles nos encontramos con una anciana. Sumimasen... ¿Ginkaku ji?. La amable mujer empieza a hacernos indicaciones pero es bastante complicado al parecer atravesar el barrio en cuestión, así que como no le queda muy claro que hayamos conseguido entenderla nos hace indicaciones para que la sigamos y empieza a caminar. Atravesamos con ella todo el barrio, parques, calles, casas tradicionales, y diez minutos después llegamos a una calle más amplia donde la mujer nos indica que tenemos que seguir todo recto. Pocas gracias le dimos.

Tras recuperar fuerzas con un par de mochi seguimos el camino que nos lleva a un mercadillo con multitud de tiendas de comida y recuerdos turistiles, en las que picamos comprando palillos y un par de cosillas más. Lo curioso es que nos encontramos con la gente de "españoles por el mundo" que estaban esperando a una española a la que habíamos visto pasar con su kimono montada en un rickshaw. Una foto y a seguir.

Al final llegamos a Ginkakuji, aunque es un poco decepcionante. Los jardines son muy bonitos, el zen con la replica del Fujisan en el jardín de piedra está muy bien, pero el edificio lo están restaurando. Está lleno de plástico y no se puede ver nada, pero bueno, es lo que tienen las visitas turísticas, nunca sabes lo que te vas a encontrar.

Al salir del templo empezamos a caminar junto a un canal de agua que está lleno de arboles en sus orillas, cerezos, melocotoneros, ciruelo... y mucha mucha gente caminando bajo ellos, haciéndose fotos, comiendo... Recorremos el canal haciendo fotos, las mujeres con kimono posan bajo los cerezos y te agradecen que se las hagas así que para mí resultó un paseo muy agradable. Al cabo de un rato sentados en un banco dimos cuenta del makisushi que estaba buenísimo.

La siguiente parada prevista... Shinnyo-Do. Otro paseo entre casas bajas, las típicas de casi todos los barrios, calles estrechas y sin comercios apenas. La entrada al templo la tenemos que hacer subiendo "unos cuantos escalones", pero bueno, llegamos arriba un poco cansados, pero llegamos.

Un par de cerezos esperan casi abiertos y mientras algunos recuperan el aliento entro en el templo. La verdad es que sin ser budista la vista impresiona. Todo en silencio, olor a incienso en el ambiente. Así que sin más ánimo que descansar y seguir practicando me arrodillo en el tatami, dejo a mi lado el trípode y la cámara y simplemente dejo que la vista recorra el altar, las figuras todo el templo en si. Tras unos minutos pienso en sacar alguna foto así que recojo la cámara del suelo y saco un par de fotos. En eso se me acerca un bonzo, casi tímido, me mira y con gestos bastante claros me indica que puedo sacar fotografías, que no hay problema con ello, así que así lo hice, claro que no todos corrimos la misma suerte.

Salimos del templo comentando lo ocurrido en el templo, aunque no todos terminan de entenderlo del todo, creo. El caso es que mientras caminamos llegamos a Konkai-Komyoji. El templo es bastante grande y sin duda la pagoda impresiona, igual que el cementerio que tiene escondido en una ladera, pero supongo que será la acumulación la que hace que ya nos queden menos ojos para fijarnos en los detalles. Aún así nos descalzamos para entrar a ver el altar. Y, al menos yo, recorro el recinto cámara en mano para ver como un anciano estira junto a las tumbas del cementerio. Le pregunto si lo que estaba haciendo es taichi, aunque los movimientos no me suenan de nada, y su respuesta fue... no, ryukyu. Perfecto, una cosa más.

Bajamos las escaleras saliendo del templo mientras unos niños juegan con una pelota de voley.

Tras caminar otro rato más llegamos a Heian Jingu Shrine. El santuario Heian. Frente a la puerta principal hay un campo de béisbol donde se disputa un partido. Pero sin duda lo que más llama la atención del templo es el tori gigantesco que se encuentra a unos cientos de metros de la puerta del recinto. Todo pintado de rojo, al estilo chino, igual que el resto del recinto. Al entrar por la puerta lo que me llamó la atención fueron dos fuentes de purificación. Lo normal es que en estas fuentes el chorro de agua salga a través de un dragón, o que un dragón proteja el chorro en cuestión. En estas, "la norma" se cumple en una de las fuentes, la otra está protegida por un tigre. A los que les guste el taoísmo, las dualidades y demás le hubiese resultado curioso igual.

El recinto está repleto de gente, familias enteras, mujeres con kimono tradicional, monjas con sus trajes blancos y naranjas, pero demasiada masificación. Apenas te da tiempo a pasar por el altar sin sientas que estas estorbando a alguien que, a diferencia de nosotros, está allí para rezar. Pero sin duda la anécdota del templo nos ocurrió fuera del mismo. Fuera de la puerta del recinto hay una fuente más donde la gente se purifica antes de entrar, y frente a ella una pila de recipientes para las ofrendas de sake. Mientras hacíamos fotos un personaje nos debía estar observando, lo cierto es que cuatro guiris con dos cámaras llaman un poco la atención y cuando terminamos las fotos que queríamos hacer se nos acercó un chavalín rubio, con su mochila y su cámara para preguntarme si podía hacerle fotos. Le respuesta es obvia y mientras hablamos y nos cuenta que es canadiense y alguna que otra cosilla más me da la cámara, se quita la mochila de la espalda y... se quita el abrigo que llevaba puesto. No, no penseis que no llevaba nada más debajo, pero casi nos chocó más lo que si llevaba. ¡¡Un keikogi!! Osease esos kimonos que llevan los karatekas. Con su cinturón incluido, pues ni corto ni perezoso se separa un poco de la cámara y ¡se pone a hacer posturitas! Por supuesto no hace falta decir que los japoneses se pusieron a aplaudir y reír al verle, no era para menos, pero estuvo gracioso. El caso es que el chaval en cuestión estaba allí para aprender más de ryukyu en Okinawa. Ya quisieran muchos tener ese desparpajo.

Tras la visita decidimos que ya iba siendo ora de comer algo, así que bajamos hacia un restaurante de Okonomiyaki que habíamos visto antes. ¡Cosa más rica! Una plancha, un poco de masa, un montón de col china y algún que otro ingrediente (cerdo, huevos...) Para chuparse los dedos.

Y con las barrigas llenas vamos de nuevo hacia el barrio en el que dormíamos. Esta noche en otro ryokan, más pequeño, pero igual de acogedor que el anterior.

viernes, 24 de abril de 2009

Kyoto 2



Nuestro segundo día en Kyoto empieza suavecito, un desayuno en la estación de tren y a buscar un autobús que nos acerque a otro de los sitios que llevaba en la agenda. Kinkakuji, el Pabellón Dorado. Por suerte un empleado de la estación nos indica en perfecto japonés cual tenemos que coger y a que horas sale.

El viaje le obviamos, como cualquier otro autobús pero con más japoneses y algún que otro guiri.

Llegamos a la zona de Kinkakuji y tras hacerle una foto a una amable mujer con kimono llegamos a la entrada. En pocos metros llegamos al lago. Un espejo en el que se refleja el pabellón, dorado, tranquilo. Lastima del viento que agita la superficie del agua rompiendo el reflejo del templo. Fotos y más fotos rodeados de gente haciendo las mismas fotos que nosotros y nosotros las mismas que ellos. Algo habrá que hacer con ellas en casa para que sean distintas.

Seguimos andando por el camino marcado, alrededor del templo en el que están celebrando una ceremonia, no sabemos de que, tampoco podemos acercarnos más. Seguimos como ovejitas entre los árboles, alguna garza, más jardines. Un grupo de estatuillas con un cuenco marca un sitio de parada para que todos los que por allí pasamos intentemos meter en el susodicho alguna que otra moneda. Los niños se lo pasan en grande cada vez que lo consiguen.

Seguimos subiendo por el camino hasta otro templete haciendo fotos a todos y todas las que me dejan mientras seguimos viendo el pabellón desde todos los ángulos posibles. Y al final... tiendas, recuerdos baratitos para turistas y otro templete donde la gente si se para a rezar. De aquí me quedo con la imagen del pabellón y con la vendedora de té que amablemente me ofrece un vaso mientras deja que la saque alguna que otra foto.

Nos hemos dado cuenta de que una de las zonas no la hemos visto al entrar, así que decidimos volver a la puerta a ver si conseguimos saber porqué. Le preguntamos a un chico con uniforme y entre sonrisas nos contesta que hay que pagar como 5000 yenes por entrar en esa parte. Al sorprendernos del precio le preguntamos que hay que ver. Su respuesta... se encoge de hombros y nos dice... "ni idea", arreglos florales, ikebana, pero nos dice... tsssss, no digáis nada que me metéis en un lío, je.

Salimos de allí en busca del Ryoanji, el jardín zen más conocido de todo Japón y de todo el mundo, todo el mundo ha visto fotos del jardín aunque no sepa lo que es. Al llegar lo que te encuentras es un jardín con un laguito, una pequeña isla con un tori unido al resto del jardín con un puente de piedra... sólo falta que los cerezos estuviesen todos en flor. Nos descalzamos para entrar al templo en el que está el jardín y dejamos los trípodes en la entrada. Pocos pasos más allá está el jardín. Piedras. Círculos. Todas en perfecto orden durante 500 años. Habrá quién no se lo crea, pero sentarte frente a esas piedras, concentrarte en los círculos del jardín, hace que entres en un estado mental curioso en el que parece que el resto del mundo desaparece mientras lo contemplas. Tras recuperar la conciencia del lugar en el que me encontraba me levanté para seguir con la visita al templo. Tras rodearle entero vi un grupo de chicas vestidas con kimono a las que pedí permiso para hacerles fotos, dijeron que si, así que volví a recorrerme el templo entero con ellas mientras las fotografiaba entre risas y alguna que otra charla corta en inglés.

Al salir del templo al jardín seguimos andando entre árboles, tranquilos hasta la salida. Nuestro camino llegaba hasta otro templo, Yomei Bunko. Al subir las escaleras que te llevan a la entrada nos encontramos con el templo principal en el que un monje estaba limpiando los tatami. Será que nos escuchó llegar porqué me pregunto si eramos españoles y resultó que hablaba un poquito de español. Tras una corta conversación me permitió entrar hasta el altar, la zona reservada a los monjes, incluso me dejó fotografiar la parte principal, las ofrendas de comida... una de esas cosas que nunca se olvidan. Junto al templo un conjunto de estatuas de budas y una campana gigante que también hicimos sonar con el beneplácito del monje, por supuesto.

Y otro paseito hasta el Ninnaji, un recinto enorme con varios templos y una especie de residencia envuelta entre dos jardines. Un jardín zen seco con su arena alineada y tras otro pequeño edificio un jardín japonés clásico, con su laguito, sus arboles podados como bonsais, faroles... y un altar. Todo tan en calma que no puedes evitar que la atmósfera se te incruste en cada poro.

Seguimos recorriendo todo el recinto entre edificios de templos, una pagoda, jardines, sakura, y haciendo fotos claro hasta que ya no podíamos distinguir más detalles de lo que veíamos. En ese punto decidimos acabar con las visitas, total, ya no quedaría nada más abierto, así que pensamos en ir andando sin rumbo fijo, eso si, después de comernos unos fideitos y arroz.

Tras comer recorremos calles pequeñas donde no se ve ningún turista, sólo gente del barrio, Tojiin, con tiendas locales, un pequeño mercadillo de libros y cds de segunda mano... hasta llegar a dos calles llenas de recintos de templos por los que se puede caminar sin más, así lo hacemos. La luz ya es bastante anaranjada, así que las fotos han quedado bastante bien. Y con las mismas llegamos hasta la estación de tren, pero como es pronto decidimos andar un poco más, sin rumbo fijo, sólo por andar en dirección opuesta a los pocos turistas que veíamos. Al final del paseo nos encontramos con una tienda de bonsáis increíbles. El dueño nos ve asomarnos y sale, nos abre la puerta y nos invita a entrar. Un paseo sin rumbo se convierte en un buen rato viendo como el jardinero da forma por completo a un pequeño arbolito que apenas era una espiga con cinco o seis ramas y acaba convertido en un precioso bonsái de formas sinuosas y equilibradas, eso si, repleto de alambre.

Contentos con el hayazgo volvemos a la estación y cogemos un tren que nos deja muy cerca del castillo de Kyoto que está iluminado, así que no debe estar mal del todo verlo a esas horas. Por el camino nos encontramos con un pequeño restaurante de teriyaki... allá que vamos, ¡que rico el pollo! Y un paseo alrededor del castillo después de nuevo hacia la estación, ya hacia el ryokan donde dormíamos. Pero claro, al llegar, pues ya se sabe, el ruido de las copas de sake nos atrae una noche más hacia una sakería, cerquita de la cama, por si acaso.

lunes, 6 de abril de 2009

Kyoto

Desde Takayama a Kyoto. Tres horitas de viaje. Nos levantamos en el templo y vamos a la estación cargaditos de mochilas. Taaaaarde. Nos quedan mas de 40 minutos de espera, así que a buscar algo de desayuno. Tras un par de vueltas decidimos preguntarle a alguien en nuestro perfecto japones... así que a la primera que pasa con una mascara puesta (algo muy normal por estos lares) le preguntamos... se quita la mascara y como no ve ningún sitio... pues se pone en cabeza de la expedición, ya nos daba hasta corte de lo que se recorrió en cabeza, pero al final encontramos un pequeño café. Te, tostada y un huevo poche, que bien suena, barato, rápido y al tren.

De nuevo los mismos paisajes pero esta vez sin nieve.

Medio dormidos y con ganas de dormir mas, llegamos a Kyoto. No tenemos sitio reservado, así que subimos a la novena planta de la estación central, a la oficina de atención al turista y menos mal que una agradable señorita, bueno dos, nos consiguen encontrar un ryokan para dormir cinco noches, eso si, dos noches en una habitación, otra noche en otro edificio anejo, y otras dos noches más en el primero. Pero la mujer que lo lleva es un encanto!!

Dejamos las cosas y aunque es bastante tarde decidimos buscar algo que quede abierto, a las cuatro y media de la tarde cierran casi todos los templos, museos y castillos. Cerca de la estación encontramos uno, enorme Higashi Honganji, pero en restauración, debe ser el año. Entramos sin que nos cueste nada por ello y recorremos descalzos los edificios de madera haciendo fotos donde nos dejan, claro. Aunque hay gente, por lo general permanecen callados, así que no hay apenas ruido que moleste mientras caminas... algún españolito que otro rompe un poco la norma, pero bueno, se nos tiene que notar allá donde vamos, supongo.

Al salir del templo ya si que no hay nada abierto, así que mapa en mano, nos intentamos dirigir hacia la zona de Gion, uno de los sitios que estaba en mi agenda desde el primer día del viaje. Decidimos huir de las calles principales por las que andan los turistas y nos internamos en las callejuelas del barrio, la gente nos mira con curiosidad al vernos pasar... y nosotros a ellos, aunque la falta de costumbre les hace apartar la mirada si no les saludas con una pequeña genuflexion (o argo). Al final cruzamos el puente sobre el río... pocos cerezos en flor en las orillas, una pena, y nos paramos a comer algo en un pequeño sitio de madera... mas fideitos ricos. Pedimos señalando las fotos, claro y los fideos están buenisimos, los mios ¡¡con anguila!!

Después de comer escogemos un callejón y a andar por el. Nos sorprende un poco que todas las casas parecen iguales y todas tienen farolitos rojos colgando en la puerta... así que les preguntamos a tres chicas que pasaban por allí y nos dicen que son las famosas casas de te de Gion, donde trabajan las geishas. Así que cámara en ristre, aunque está oscureciendo, ya empezamos a recorrer la calle.

Para mi sorpresa, una puerta se abre y deja entrever la cara pintada de blanco de una maiko, aunque apenas un segundo. Pensando en si suena la flauta, esperamos en la puerta. Sale una mujer con kimono y en un suave ingles me pregunta... quieres hacer fotografías a una maiko... tardo lo justito en responder que si. Entra en la ochaya de nuevo y sale una maiko. Cara blanca, kimono, obi... el que me conoce sabe lo que eso significa para mi. Con todo el respeto que puedo empiezo a hacerle fotos y ella aguanta incluso que me gire para hacerle fotos a una de las pocas partes de una maiko que esta sin pintar de blanco, el cuello. Los adornos, el obi... retratos... y se acabo. Por mi nos podríamos haber vuelto a Madrid en ese momento.

Seguimos recorriendo la calle y conseguimos que algunas maikos más que pasaban corriendo de una ochaya a otra nos dejen hacerles una foto, por lo normal solo una, pero es justo.

Y así recorremos Gion, el barrio de geishas de Kyoto, hasta acabar en un sitio un poquito cutre, fritangas a tutiplen, sake... una cena sanota vaya.

Después a Gion corner y a cruzarnos con una valenciana pija (insoportable) y un catalán que me daban ganas de abofetearle... "esperando a una geisha" me dice con ojos desorbitados... aparece una maiko y antes de poder acercarme a preguntar si le importa que le haga una foto el estúpido de el ya ha desenfundado el flash y le hace sietemil fotos seguidas... ni que decir tiene que la pobre salio huyendo despavorida... después que porqué no se dejan hacer fotos.

Con el mosqueo en el cuerpo llegamos a otro templo, iluminado, gigante, incrustado en un parque. Conseguimos ver gente pidiéndole a buda, paseando entre puestecitos que suponemos serán para una fiesta cercana. Paseando por el parque encontramos un enorme cerezo ya en flor completamente iluminado y repleto de gente haciéndole fotos, y poco mas allá mas cerezos, pequeños, con algún que otro japones de botellón!! al final nos acercamos a hacernos unas fotos con ellos, divertido, todos conocen al real Madrid, claro.

Y con esas volvemos a dormir, caminata de casi una hora viendo calles, alguna pagoda y algún templito pequeño.

Mañana sera otro día, pero antes de dormir... un poquito de sake.

domingo, 5 de abril de 2009

Takayama


Nos hemos levantado en Nagoya y nos esperan mas de 3 horitas de viaje en tren hasta Takayama. En teoría, pequeña aldea típica japonesa con tejados que llegan hasta el suelo hechos de madera y paja. En el viaje intentamos no dormir, unos mas que otros, para poder ir viendo el paisaje. Poco a poco el tren se adentra en las montañas, pero la sorpresa es que se empiezan a ver pueblos peque;os cubiertos de nieve!! Y nosotros sin un simple abrigo, algo harán los forros pero no se yo.

Menos mal que al llegar allí no nieva, pero sopla un viento helado muy divertido. El caso es que nos indican en la estación como llegar al sitio donde vamos a dormir. Un pequeño templo budista, que no tengo muy claro que siga en activo, sólo se ve a un bonzo, Tomi, que por suerte habla ingles, pero el sitio está genial. Todas las habitaciones son de tatami, a dormir sobre futones, y para llegar a la nuestra tenemos que descalzarnos, andar por un pequeño corredor de paneles de papel junto a un jardín con su riachuelo, linternas de piedra, arboles al estilo de los bonsais... de película. La única pega es que solo hay calorcito en las habitaciones, el resto del templo es tan gélido como la calle misma.

Salimos a recorrer la ciudad y ha salido un poco el sol, menos mal. Llegamos a la calle principal llena de tiendas para guiris, curiosas algunas, y entramos en una pequeña tetería-cafetería a calentarnos. Mi primer matcha.

Al salir de allí, llegamos al río, con un puente muy bonito y dos figuras que habrá que buscar su significado y giramos para entrar por un pequeño mercadillo donde me van dando a probar un montón de cosas en vinagre, bollitos y dulces, un poco de todo incluida la gente que es muy amable, eso si, casi acabo con dolor de espalda de inclinarme para responder los saludos de todo el mundo... arigato go dai masss!

Al final del mercadillo nos dirigimos hacia el templo más importante de Takayama que empieza con un tori gigante. El templo es bonito y aunque la ciudad, que de villa típica nada, está llena de turistas, allí no hay casi nadie. Recorriendo el templo encontramos un caminito que sube por la montaña y allá que vamos, el camino termina en otro pequeño templete desde el que se ve todo lo que hemos ido caminando. Y de repente aparece una viejecita desde dentro de una pequeña casita de madera... y nos empieza a hablar, muy dulce ella... pero en japonés... al final conseguimos saber que nos esta preguntando de donde somos, le decimos que españoles y resulta que habla un poquito, o eso dice, que trabajó en el hospital y allí había un sudamericano y le enseño un poquito... tras una extraña conversación sin enterarnos de la mitad de las cosas nos despedimos de ella y bajamos la montaña de nuevo.

Seguimos caminando por las calles y acabamos en otro templo enorme, pero no pudimos entrar, estaban rezando cánticos budistas, al menos pude asomarme por la puerta y escucharles, aunque sólo pude ver un poquito de nada. Y desde allí encontramos un par de calles típicas japonesas, con todas las casas de madera, antiguas casas de te y de samurais... aunque ahora están plagadas de turistas haciéndose fotos y montando en rickshaws. Atravesamos la calle como podemos.

Hacia la antigua villa, que resulta que esta a un buen tramo andando fuera de Takayama. A patita, pero como empieza a llover apenas veinte minutos después... a comer. Fideitos. Muy ricos en un pequeño sitio con apenas 8 sillas, pero que ricos los ramen!!

Al salir ya no llueve y conseguimos llegar a la aldea... que con tanto turista ha terminado siendo un parque temático. Todo vayado, limpito... pero sin mucha gente, menos mal. El caso es que el sitio es muy bonito, las casas son curiosas, se puede entrar en todas y ver como se distribuían las cosas hace años. Pero lo mejor... cuando decidimos que ya es hora de irnos, no hay nadie por allí. Y al dirigirnos a la puerta.... esta cerrada!!!! vamos que nos han dejado encerrados allí!!!! y no es que se esté muy calentito. Como no encontramos por donde salir, buscando hemos visto una caseta de madera que tiene encendido un fuego dentro y tiene maquinas de bebida, así que allá que vamos!!! tras hecharle madera al fuego y tomar algo calentito (yo un helado de te verde) estábamos de risas cuando llego un viejito. Le vimos de lejos, le saludamos, bajo la cabeza y siguió a lo suyo, así que nosotros a lo nuestro que hace frío fuera. Al cabo de un rato, vino, nos explico que estaba cerrado, nosotros que no teníamos reloj, y entre risas nos abrió las puertas para poder salir de allí, una hora mas tarde del cierre.

La noche acabo tranquila, unos takoyakis, un poco de arroz en otro sitio...y a dormir al templo.

Mañana a buscar sitio en Kyoto.

lunes, 30 de marzo de 2009

Japon 3. Kamakura

El día 3 empezó durito, mochilas al hombro y al tren, hacia Kamakura, pensamos que mejor Yokohama si sobraba tiempo. Se supone que según las guias en menos de una mañana está visto, pero empezamos a caminar por las calles sin gente apenas, las tiendas esperando a los guiris, pensando en desayunar algo, pero nada. Así que encontramos una tienda de fruta, que menudos precios, y acabamos con 4 plátanos en menos que canta un gallo. Poco mas allá... una tienda de mochi, el de te verde me encanta así que... y algo mas allá un viejecito con un carrito medio oxidado en el que tostaba boniatos... allá que te va y desayuno completo.

Con las mismas llegamos al hase-kannon. un imprevisto, decidimos entrar y menos mal. el templo es enorme dividido en diferentes alturas con un montón de pequeños jardines, una cueva pequeña con estatuas en el interior, cerezos...

Tras unas escaleras cientos de caras te observan, dioses diminutos de piedra rodean a otros mas grandes y a una estatua de la diosa kannon, impresiona aunque no seas budista.

Más escaleras y los templos principales con vistas a todo el pueblo de Kamakura y la bahía. Entre unas cosas y otras, casi toda la mañana en el templo, Yokohama se queda en la agenda.

Bajamos a lo que íbamos a ver en principio, el daibutsu, una estatua gigante de buda sedente, el segundo mayor de Japón. Está repleto de japoneses y al final acabo por hacerme una foto en grupo con ellos mientras sonríen y me dan las gracias por quererme hacerme la foto así, más bien seria al revés digo yo! pero es que son así para todo, siempre con las gracias, así pasa, que llevo miles de caras en mi cámara.

Cuando íbamos a irnos a la estación, vemos que recomiendan un templo más. Bueno, preguntamos cuanto tardamos en llegar a Nagoya y listo. Si, si. Conseguimos parar a un grupo de chicas que hablan ingles y entre todas nos cuentan que se tarda unas 3 horas, nada mas. Así que corriendo a ver el templo, enorme, para variar, con unas cuantas escaleras por subir, también para variar y que merecía mas tiempo de visita, pero no teníamos más. Al menos hemos podido verlo y subir hasta arriba. Corriendo a por el tren, que dos escalas y tres horas después nos lleva a Nagoya.

Sorpresita... el hostel que teníamos reservado nos dicen que no esta en Nagoya sino en Nagano. eran las diez de la noche y sin sitio para dormir. A rebuscar por el barrio mas cercano a la estación. Tras hacer caso a unos alemanes sin conseguir nada llegamos a un hotel, no muy caro, que le quedan dos habitaciones con camas de matrimonio. sin comentarios.

Y después un paseo para comprobar que estamos en mitad de un montón de salas de strip tease, bailarinas y demás sitios de perversión, barrio curioso. En el paseo se nos cruzan dos japoneses que nos miran como si supiesen que nosotros no conocíamos el barrio y sonriendo nos incitan a entrar en uno de los sitios mientras uno de ellos nos dice con gestos muuuuy claros que allí dentro se puede... tocar el género... por decirlo suave.